Quijotesco Rivera

Por Domingo Sanz

Que PSOE y PP estén a la defensiva y UP y C’s al contrario es natural. Por tanto, dejaré tranquilos a los dos primeros, que bastante tienen con resistir.

Unidos Podemos me supera y quedo pendiente de la magia. Estoy en poder de la incertidumbre sobre hasta dónde pueda llegar el potencial multiplicador que devenguen, por una parte, la coalición con IU y, por otra, el impacto que sobre lo más íntimo de cada votante provoque el apabullante dominio de la actualidad de un Iglesias que ha puesto la lengua, no sé si también la inteligencia, al servicio de la noticia que cada día necesitan los medios de comunicación. Con una facilidad pasmosa está consiguiendo, en primer lugar, que hasta las plumas más acreditadas tengan que romper cada día sus borradores matutinos porque lo urgente pasa a ser analizar lo que acaba de decir Él. Su protagonismo es tal que la cosa no se para en los medios. Hay quienes piensan que hasta tipos tan inertes como Rajoy sienten ahora tal necesidad de demostrar que también son seres humanos, que se atreven a elegir un paisaje de alcachofas para dar los primeros pasos en el mundo desconocido de las emociones. No es extraño que resbale.

Pero, insisto, hoy me había sentado para escribir de Rivera. No me convencen estigmas fáciles como los de “marca blanca” o “apuesta del IBEX35”, ya no recuerdo si sobre asuntos de dinero fue antes esto o lo de Venezuela contra Podemos. Esas estrategias pueden servir para conseguir desconfianzas irracionales que bloqueen la huida de votos inestables. Si los especuladores financieros hubieran invertido en serio en este negocio para que triunfara, habrían exigido y facilitado antes una descomposición acelerada, numerosa, bien dispersa y cualificada de cargos intermedios del PP más algún líder de referencia dando el salto. Pero tal cosa no se está produciendo, ni siquiera en los lugares donde los de Rajoy atraviesan una crisis profunda y quizás irreversible, en medio de la travesía de un desierto más árido que nunca tras la derrota local en mayo de 2015. Casos como el de Valencia, o también el de Baleares.

A diferencia de Iglesias, quien desde la cresta de la ola puede dar los golpes de timón que le apetezcan saliendo siempre dominante, no se puede acusar a Rivera de decir unas cosas ayer, otras hoy y volver a las de ayer mañana. Bien al contrario, la continuidad de su mensaje político de referencia, “nada con Rajoy porque representa la corrupción en el PP”, es indiscutible. Y preocupante, porque me hace pensar que tras la indiscutible virtud que adorna al verbo más fácil del cuadrilátero, se pueda esconder un cabezota irreversible. Y es precisamente en esa fijación mental donde me embarga la duda. Volvamos, pues, a las verdades generalmente aceptadas de esta campaña electoral.

Una de esas certezas es que Rivera solo puede conseguir votos convertibles en diputados si al ganarlos su partido los pierde el de Rajoy, pero no detectan las encuestas ni ese, ni tampoco otros trasvases significativos que le beneficien.

Entonces, surge la duda: Si Rivera sabe que su mayor caudal de votos solo tiene una fuente posible de la que pueda manar, ¿debemos concluir acaso que Albert es un chico tan honesto y con unos principios tan firmes contra la corrupción, como para pinchar en hueso hasta que se le rompa la espada de matar? Porque a estas alturas, cualquiera que siga la campaña electoral es consciente de que la agresividad de Rivera contra la corrupción del PP le ha convertido ya en el campeón de la lucha contra la lacra que los españoles sienten como el segundo problema en importancia. Es ahora cuando nos preguntamos por qué su partido no mejora en las encuestas.

¿Por qué insiste Rivera en esa obsesión si sabe, como casi cualquier español, que al elector medio del PP lo que roben los del partido al que votará sí o sí es el último de los problemas que le preocuparán el 26J?

¿Qué necesidad tiene Albert, además, de personalizar tan obsesivamente en Rajoy, sabiendo que esa actitud alimenta entre los militantes “populares” la reacción natural de protección hacia su líder, aunque solo sea por amor propio y, como consecuencia lógica, su rechazo hacia C’s? ¿No podría estar, en parte, en esa personalización la causa del fracaso del 20D, pues esta “línea roja”, la llame como la llame, la tiene dibujada desde entonces? ¿Quién no recuerda el papel que le enseñó a Soraya en el debate de “los tres y medio”? ¿O acaso tiene un pacto oculto con algún Margallo, o similar, para romper la disciplina popular en el momento clave de una nueva investidura? Y abundando, ¿por qué Rajoy en particular, si cualquier persona sabe que no hay dirigente del PP que no sea plenamente consciente de que las diferentes variedades de la corrupción son el idioma natural que se habla en ese partido? ¿Acaso cree Rivera que, cuando piropeaba a Cifuentes imitando al Iglesias que antes hacía lo propio con ZP, nosotros podíamos estar pensando que él creía sinceramente que Cristina habría movido un dedo mínimo contra el pasado de Aguirre y sus secuaces, si no le debiera la presidencia de Madrid a C’s? Ni nos creemos que Iglesias sienta de verdad que ZP, el mismo de las tan denostadas reformas laboral y de la Constitución, haya sido el mejor presidente de la democracia, ni tampoco que Rivera piense que Cifuentes sea por sí sola una política de categoría, porque precisamente él mismo se ha hartado de declarar que sin C’s nada de la corrupción habría empezado a molestar en el PP de la Comunidad de Madrid.

No sin antes sumarme a la cada vez más abundante tendencia que defiende que, con un partido tan grande como acosado por la Justicia, el mismo que preside el obsesivo objeto de Rivera, tenemos en España un verdadero problema de Estado, termino confesando que no alcanzo la explicación racional que me permita responder a tantas dudas como he planteado, y otras que me dejo.

Pero sí debo reconocer que, en cambio, me sobran razones para sentir simpatía por la batalla que está librando. Podría hasta ocurrir que estuviéramos ante uno de esos que, en este país, para ser de los mejores estén obligados a ser, también, un poco quijotes.

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