EDITORIAL / 016

España no tiene arreglo: acaba de descubrirse que el país ha estado años mintiendo a las víctimas de violencia machista y todavía nadie ha dicho una palabra. Resulta que el teléfono 016 deja rastro en la factura –contra lo que se dijo siempre–, así que el Estado le está dando al agresor pistas sobre lo que hace su pareja; de forma que rasgarse las vestiduras en la TV sobre el problema no es más que otro ejercicio de hipocresía sobre un tema del que se es cómplice en cierto sentido.

Sólo hay dos explicaciones –excusas apenas, en todo caso– para tapar una carencia que debería ser un delito (y si no lo es, los legisladores ya están perdiendo el tiempo para que lo sea): que España sigue el país de la chapuza permanente o que las instituciones no se toman el serio el problema.

La primera posibilidad supone aceptar que la tecnología no ha conseguido terminar con una cultura secular que enseña que lo importante es lo que las cosas parecen, no lo que son (no es necesario que las cosas funcionen; basta con que lo parezca). Y la segunda es peor: indica que la dignidad de la mitad de su población no importa al Estado, cuya dejación de funciones debería sentar en el banquillo de inmediato a más de uno.

En 2016 murieron en España 44 mujeres a manos de sus parejas y lo que va de este año amenaza con pulverizar esa cifra en verano. Su memoria obliga al Estado a volcarse en el tema del 016 (constatado nada menos que por el Defensor del Pueblo) y resolverlo de inmediato. Ya está corriendo el tiempo.

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