Quinientos emigrantes somalíes ahogados

Por Ana María de Luis

Fue la semana pasada pero se pasó por alto; había demasiados papeles en panamá, demasiados chorizos que nombrar, demasiadas miserias dignas de un libro de codicia. En el mar mediterráneo, una embarcación; una más sobrecargada, el mismo lugar, las mismas personas u otras diferentes. Ya no leemos las noticias porque las que se refieren a números no causan dolor, ni siquiera un esbozo de ternura. Pero han muerto.

El mediterráneo alberga como todos los cementerios, cientos de cadáveres de personas que tenían una vida, o quizá, no tenían ninguna y buscaban la nuestra. Esa cómoda vida de donde no nos salimos no vaya a ser que llueva.

Una embarcación que ha confirmado ACNUR, zozobró en el mar de la muerte, en el enorme y bello lugar en donde entre playas, chiringuitos, palmeras y cañas, millones de personas se bañan cada año. Da igual que sea España, Grecia o Italia. En el mismo mar están ellos soñando el sueño de los justos; habiendo querido lo mejor para los suyos, quizá, un techo, algo de pan y un poco de trabajo. Ninguno quería un casoplón ni un Masseratti. Ni siquiera querían un smartphone para mandar fotos, solamente querían tocar algo de suelo para arrastrarse de nuevo en busca de una limosna. Y son personas igual que tú o yo.

Un viaje que salía de Libia en dirección a Italia. Otras veces nos toca a nosotros, pero el mar es el mismo. Traficantes de personas que se lucran vendiendo un espacio en una embarcación repleta de inmigrantes. Somalíes, etíopes, egipcios, sudaneses, ¡qué más da si el cielo es el mismo!

Muchos eran estudiantes, madres embarazadas o padres de familia. Personas que hoy no tienen ni un miserable titular porque estamos hablando de los dineros de los chorizos de un país llamado España. O quizá, nos entretenemos en ver cómo vamos a gobernar una vez que pase el verano, y ya si eso, como se dice ahora, nos ponemos a hacer algo por los demás. O hablamos de Laura Matamoros que nadie sabe bien qué ha hecho en la vida, salvo ser hija de sus padres que a la sazón tampoco sabemos qué han hecho en particular.

Eran 500 personas pero podrían haber sido 502. Dos muertes más son muchas más y acaso no sabemos contar. Luego llegará el verano en un par de meses y a untarnos de bronceador mirando el mediterráneo como Serrat. Y así la vida. Al menos, ésta llena de juicios por malversaciones, por utilizar el dinero público, por no declarar en tu país, por vivir del cuento o contando cuentos. Ahora entiendo por qué la gente ve la telebasura. Dignos programas hechos por colegas que hacen que el personal no piense y se crea por un momento la Preysler mientras frota con el Pronto y el paño. ¡Ay, madre!

Por los que luchan, por los que buscan un mundo mejor. Éste, llegado el caso para muchas personas, tampoco es bueno. No hay más que mirar alrededor para ver el sufrimiento de las personas por la nada, por nada, porque ha engordado un kilo o porque no se puede comprar un coche.

Quizá ninguna de esas personas se pone un segundo en vuestra piel porque eso supone salir del colchón del bienestar y qué bien estoy, llegado el caso. Mientras tenga para una caña, fútbol, un trabajito y una fiesta de vez en cuando, que me quiten lo bailao…Vergüenza, eso es lo que tendría que darnos, pero no nos da. Era una embarcación, una patera, y eran inmigrantes, dirían muchos.

Descansad en paz. El mediterráneo siempre os honrará con su luz.

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