Un urinario es un urinario

Por En Cierta Medida

A lo mejor estamos equivocados los que vemos en 'Gran Hermano', 'Adán y Eva', 'Gandía Shore' y demás subproductos del ingenio humano una degeneración de la etología. A lo mejor, 'Gran Hermano', 'Adán y Eva', 'Gandía Shore' y demás horrores cotidianos son el colmo de la post-post-postmodernidad que algún día se estudiarán en las facultades de Filosofía, si es que existen (me refiero a las facultades de Filosofía, no a los programas como 'Gran Hermano'). A lo mejor no, claro; más bien a lo peor. Pero todo puede ser.

Cuando en 1917 el artista francés Marcel Duchamp recogió un urinario, lo liberó de su función original (es decir, lo convirtió en un objeto inútil), le dio un título ('La Fuente'), cambió su contexto (una galería en vez de un aseo) y su disposición y, por fin, lo firmó como R. Mutt, lo convirtió en una obra de arte.

¿Y si los creadores de 'Gran Hermano' recogieran una tertulia y, liberándola de su función original en la más pura tradición mediterránea, la convirtieran en un programa de televisión inútil? ¿Y si los tipos que imaginaron 'Adán y Eva' cambiaran el contexto y la disposición de una playa paradisíaca para crear un programa de televisión aburridísimamente feísta? ¿Y si resulta que 'Gandía Shore' solo escandaliza a los académicos tradicionales, pero representa la vanguardia del entretenimiento audiovisual? Glup. ¿Y si 'Gran Hermano', 'Adán y Eva', 'Gandía Shore' y sus clones son obras de arte salidas de un almacén especializado en fontanería, como el urinario de Duchamp?

¿Y si la telerrealidad se convierte en otra cosa cuando se expone en una galería, un museo o un programa en horario de máxima audiencia? Seguramente no. Sigmund Freud decía que a veces un puro es solo un puro. Y a veces –en realidad casi siempre–, un urinario es solo un urinario.

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