La postfactualidad o la mentira confirmada

Por Roberto Cataldi

La democracia y las instituciones republicanas se hallan en su más alto descrédito, los privilegios de unos pocos con cartas credenciales de derechos adquiridos, las desigualdades lesionando la dignidad de las personas, así como resultan patéticas la lucha contra el hambre en el mundo, la globalización capitalista, el enriquecimiento ilícito de las élites o castas, la corrupción en todos los niveles sociales  y poderes estatales, las migraciones, la falta de oportunidades, el trabajo precarizado, el terrorismo, las guerras, en fin, todo revela un horizonte desvanecido y confuso.

Este año se ha impuesto hablar de la postverdad y, algunos lo ven como un nuevo paradigma. Al punto que el Diccionario Oxford ha declarado a la postverdad como la palabra del año. El tema surgió fundamentalmente de los referendos efectuados en Europa y de las elecciones en los Estados Unidos. Los resultados nos habrían situado en una suerte de democracia postfactual o postverdad. En efecto, ya no importa que un hecho sea verdad o mentira, lo que importa es lo que “sienten” los votantes ante ese hecho.
La evidencia surgida en estos meses nos pone ante una política donde se esgrime un discurso basado aparentemente en hechos, pero que son falsos y están tergiversados. Hay quien ya habla de una “democracia sentimental”. En realidad, esto no es nada nuevo, pues, en muchas otras oportunidades la gente se manifestó así, la diferencia está en que ahora los medios no logran formar opinión como antes y la tecnología comunicacional los ha desplazado, simultáneamente los políticos siguen desencantando a su feligresía, los analistas y opinólogos se equivocan estrepitosamente en las encuestas y pronósticos, a la vez que la crisis se prolonga demasiado y, las redes sociales ya sirven para cualquier cometido, ejemplo los tuits con exabruptos de políticos irresponsables.

Tucídides, un general e historiador que participó de la Guerra del Peloponeso (una suerte de guerra mundial de la antigüedad), advirtió que en cualquier guerra la primera baja es la verdad. Por ello no esperemos que en medio de una guerra surja la verdad o se haga un culto de ella, ya que todo estaría permitido, comenzando por la mentira. También al ateniense se lo reconoce como inspirador del realismo político, que los alemanes llaman “realpolitik” (política de la realidad), y que establece que entre las naciones la relación se hace en función de poder y no en razón de la justicia. De esto no hay duda, porque en la vida real el poder tiene mucho más peso decisorio que el ideal de justicia.

Claro que en el manejo político de la cosa pública, creo que la verdad es fundamental para intentar ubicarnos en la realidad. Aristóteles veía a la realidad como la única verdad. Hemos llegado al Siglo XXI  y me resisto a aceptar que la verdad sea un dato menor, sin mayor importancia, y se avecine sobre las sociedades democráticas (aunque solo lo sean en lo formal) otra avalancha de autoritarismo que nos retrotraiga a etapas que se vivieron en la primera mitad del Siglo XX y que costaron decenas de millones de vidas humanas.

Algunos analistas dicen que más que el recelo hacia la verdad, los votantes han dejado de creer en las instituciones y sus representantes, de allí que cierren filas en torno a sus sentimientos. Es posible. Las culpas están repartidas, pues, no sólo se trata de la globalización o el postmodernismo, también cargan contra la tecnología actual, el papel de los medios, el relativismo, entre otros factores. En fin, todos han contribuido a crear un clima de desconfianza.

La más universal de las debilidades humanas es la falacia, solía decir Mark Twain. Un pesimista y nihilista como Nietzsche, pensaba que a los que tienen  pensamientos bajos es inútil mostrarles la verdad. Por mi parte, creo que cuando uno se acostumbra a decir la verdad, incorporándola como un hábito, se siente liberado de tener que recurrir a la memoria una y otra vez, más allá de que algún traspié sea inevitable. Pero también están los que prefieren seguir el consejo de Jules Renard,  quien sostenía la utilidad de decir la verdad de vez en cuando  para que  le crean cuando dice una mentira (…)

La mentira se adapta muy bien a la cocina política y nos hemos acostumbrado a digerir historias mentirosas. El populismo de nuestros días plantea la lucha del pueblo contra la élite en el poder y por supuesto ese pueblo es conducido por un líder carismático, que propone soluciones sencillas y radicales a problemas serios y complejos. A ello hay que agregarle la provocación, la rabia, la movilización callejera y, una polarización extrema que divide el escenario entre los buenos (ese pueblo “virtuoso” pero cansado de tantos atropellos a sus derechos) y los malos, a los que solo les importa el poder y el dinero. En plena vida democrática el supuesto redentor pide a viva voz que vote el pueblo (que ya votó cuando eligió a sus representantes). La libertad de opinión tiene que basarse en la información basada en los hechos, lo que exige poseer una buena información, que sea veraz, de allí la misión del periodista. Pero como lo que importa son los efectos que producen el discurso o la noticia, la farsa está a la vera del camino.

La rebelión siempre despertó admiración, desde la que encabezó Espartaco contra el mayor imperio del mundo antiguo, y mucho antes, cuando Moisés logró que el pueblo de Israel escapase de las garras del Faraón. En ambos casos, el motivo decisivo fue la esclavitud, que por cierto no ha perdido vigencia en el mundo actual.

Claro que en nuestros días hay formas camufladas de instrumentarla, ya sea a través de las finanzas y los bancos, el trabajo abusivo, el poder de las armas, e incluso la religión con sus dogmas. Mientras tanto, aquellos que asumen posiciones moderadas, partidarios de la prudencia y que alientan el diálogo reflexivo, son acusados de cómplices del sistema.

Cada época elabora sus coartadas e inventa sus relatos. Nietzsche decía que no existen los hechos, solo hay interpretaciones, y al parecer eso es lo que hoy cobra fuerza. Hace poco vi la película Good Kill, donde un grupo de soldados desde un tráiler ubicado en una base de Las Vegas, accionan un dron militar de largo alcance que manejan como si fuese un videojuego on line y que usan para matar talibanes en Afganistan, pero matan más civiles inocentes que terroristas. Estas muertes no son más que “daños colaterales”. Barack Obama, a quien a los pocos meses de instalarse en la Casa Blanca le concedieron el Premio Nobel de la Paz (aún no se sabe qué merito hizo para obtenerlo), también ha apelado reiteradamente a la mentira para defender este accionar criminal, camuflado de precisión quirúrgica (surgical strike, precisión kill). Sin embargo, informes independientes denuncian que el porcentaje de error es altísimo, se habla de más del 90 %. Los operadores a través de una pantalla fijan el blanco, aprietan un botón que produce una explosión que se ve en la pantalla y, luego fragmentos de cadáveres esparcidos, entre los hombres y mujeres inocentes, no faltan niños (daños colaterales).

Desde hace semanas los periódicos españoles informan sobre un rector de una universidad pública de Madrid al que se le habrían comprobado no pocos plagios en sus textos. La noticia ya no sorprende, ha sucedido con ministros y magistrados, que sorprendidos en la falta, han dimitido inmediatamente. No es el caso de este señor, cuya actitud algún periodista  califica como propio de rábulas. En el mundo contemporáneo, y sobre todo en las élites, la vergüenza está en franca retirada. Para peor, la institución que debería preocuparse de su propio prestigio, no reacciona, los pares miran para otro lado. Un estudiante universitario dice en una carta de lectores que, los trabajos de los alumnos son revisados con lupa en busca de cualquier indicio de copiado, y acota: ¿porqué los alumnos tenemos que regirnos por esta norma y no un rector? ¿No tendría que predicar con el ejemplo? Este joven inteligente está descubriendo el mundo en que vive, y al parecer, hoy la indignación quedaría reservada solo a los jóvenes.

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