¡Mamá, papá... cómprame un smartphone!

Por Kepa Larrañaga

Solo es posible generar confusión cuando se vive al compás de un solo ritmo: lo inmediato.

Si existe una pregunta repetida entre madres y padres es: ¿a que edad se recomienda comprar el primer móvil a un niño o a una niña? El móvil con conexión a Internet (‘Smartphone’) ha dejado de ser solo un dispositivo de comunicación para convertirse en un objeto de inclusión o en su defecto de exclusión social. Este cambio afecta tanto a quienes ven la oportunidad de venta de muchos más dispositivos, y más aplicaciones para dichos dispositivos: ingenieros, fabricantes, operadores telefónicos, industria de Internet, etc. Como, efectivamente, a todas y todos quienes como seres sociales participamos de los fenómenos conexos al uso del móvil. Este es su efecto fenomenológico.

La variedad y la arbitrariedad de respuestas que he escuchado para la pregunta de la edad de uso de dichos dispositivos móviles por niñas y niños, explica la incorrecta formulación de la pregunta. Y sin existir una unicidad de criterios en relación a las respuestas dada su arbitrariedad –depende de los intereses del interlocutor–; quienes formulan las preguntas, padres y madres, la acotan como si fuera una pregunta que quizá no debiera de estar precedida de otras muchas. Todo fenómeno social, no es un hecho aislado y perimetrado sino un acontecimiento que sucede diacrónicamente. Se encuentra conexo a una estructura de sucesos y secuencias de sucesos. Y a su vez, la pregunta no debería ir referida, exclusivamente, a un sujeto: las TIC (Tecnologías de la Información y de la Comunicación) ni a un verbo ‘comprar’. Hemos puesto tanta ‘tecnología’ ante los ojos que no se nos permite ver el ‘bosque’.

No quiero acabar concluyendo que no sabemos hacer preguntas ni sabemos responder objetivamente porque somos seres interesados u orientados por nuestra visión del mundo. Quisiera compartir mis dudas si en esta crisis de la modernidad tardía, en la frontera a la posmodernidad, estamos recontextualizando y reconceptualizando las cuestiones anteriores siendo las mismas preguntas pero con otro semblante, y sin respuestas acordes al objetivo de cómo se formulan estamos perdiendo tiempo y oportunidad en ese tránsito a la citada posmodernidad.

Hace unos días conversando en un centro educativo con madres y padres sobre el uso de las TIC por sus hijas e hijos, vi a personas adultas abrumadas por la ‘posverdad’ tecnológica, cuando en vez de ser capaces de recopilar datos verdaderos y llegar a conclusiones matizadas, se apela a las emociones desde quienes crean el clima adecuado para formular preguntas motivadas y posteriormente se dirigen a responder con respuestas precipitadas.

Sinceramente, ya que queremos hacer preguntas sobre los niños y las niñas porque vivimos en un estado consciente para generar más incertidumbre alrededor de la infancia, aprovechemos para comenzar a aprender a construir una conversación adecuada entre nosotros, cuando las preguntas se dirigen a otros adultos, pero sobre todo cuando se dirigen a las niñas y niños.

Compongamos una ética para delimitar ideas que no queden solo sujetas a ciertas emociones, sino que fluyan por toda la secuencia emocional para matizar las respuestas.

Y en el caso del móvil con conexión a Internet, deberemos todos juntos aprender a trazar las ‘calles’ del ciberespacio, a esto me refiero con delimitación ética –hablar de las mismas ideas definidas–, y de la secuenciación emocional –permitirnos hablar a nosotros mismos desde las variadas matizaciones y acepciones sobre las mismas ideas–. Lo que me sorprende es que, tanto adultos como niños, quienes no hayan aprendido aún a gestionar una buena conversación en cualquier espacio social posible, se crean los ‘reyes del ciberespacio’ porque disponen de dinero para comprar o de insistencia para hacer comprar un móvil con conexión a Internet.

Este es el lugar común y la asignatura pendiente que podrá responder a la pregunta sobre la edad adecuada para comprar un primer móvil, al poderse medir la mejoría en la calidad de la conversación como seres sociales y públicos que somos.

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