Un volcán siempre latente

Por Paco Audije

Argelia vive la muerte de Mohamed Tamalt, periodista y bloguero argelino, de 42 años (quien tenía también pasaporte británico), como un episodio más de un inacabable proceso de deterioro de los derechos humanos. Quizá de deterioro en sentido bastante más amplio. Según las conclusiones de la Liga Argelina de Defensa de los Derechos Humanos (LADDH), la situación empeora día a día.

A ese empeoramiento, se añade un alto nivel de desempleo (estructural), seguramente muy por encima del 10 por ciento oficial; y una drástica disminución de la solidaridad social. En la calle, la corrupción de las jerarquías políticas y administrativas se considera un fenómeno histórico, casi inevitable y permanente.

“Pero las leyes económicas son insensibles a los eslóganes políticos”, dice el profesor y estudioso Abderrahmán Mebtoul. En Argelia, por costumbre, se reducen artificialmente la inflación y el paro mediante el uso administrativo de la renta de los hidrocarburos; sin embargo, los niveles de desempleo suelen ser siempre mucho mayores que las cifras publicadas y oficiales.  Y además, en los últimos años, la caída de los precios del gas y el petróleo –durante un período prolongado– ha castigado al país en general, a los más pobres en particular.

Bouteflika y la desconfianza generalizada
El hecho de que el jefe del Estado, Abdelaziz Bouteflika, tenga un estado de salud muy precario (en realidad no hay muchos datos sobre su verdadero estado) propicia un clima de desconfianza generalizada. En ese clima, no faltan las disputas sordas de los distintos clanes políticos y de intereses diversos. Y son periódicos los golpes a la libertad de información. Como si el poder real quisiera espantar la posibilidad de que unos pocos medios y los escasos ciudadanos conscientes y movilizados pudieran llegar a acertar a describir las cosas tal como son de verdad. Esos temores y misterios reviven en Argelia desde hace décadas. Nunca desaparecen del todo. El hecho de que todo el mundo esté convencido de que Bouteflika parece estar próximo a su fin –o al fin de su reinado, al menos– no hace otra cosa que acentuar la incertidumbre.

“Asistimos al enriquecimiento de una minoría en el momento mismo en que los más vulnerables se empobrecen cada vez más”, declaraba el sábado 10 de diciembre Noureddine Benissad, presidente de la LADDH, en una jornada celebrada en Argel para conmemorar el aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Quizá se trate de un fenómeno universal, pero ese proceso parece venir de más lejos en el caso argelino. Hay una desesperación social siempre latente. Desde la independencia en 1962, Argelia ha atravesado –oficialmente– distintas etapas: entusiasmo popular por la independencia, gobierno de planes económicos al modo soviético, liderazgo del Tercer Mundo, reformas agrarias, reformas educativas y lingüísticas, socialismo autogestionario, crisis en las regiones de mayoría bereber, “revueltas del pan”, socialdemocracia aparente con explosión de las libertades públicas, apertura pluralista, guerra civil e insurgencia islamista, años de terrorismo brutal, casi eliminación de ese fenómeno, nueva “apertura” y aparente liberalismo. En realidad, los poderes fácticos,  un cierto poder militar y una cierta burocracia política, han seguido siendo los mismos. O muy parecidos.

La ‘hogra’ y la nomenklatura
 “Desde hace 65 años, el poder están en manos de los mismos”, reitera Noureddine Benissad. Otras voces denuncian la ausencia de espacios de mediación y negociación, la ausencia de contrapoderes.

En ese sentido, la trágica muerte de Mohamed Tamalt contiene diversos detalles que ilustran la ceguera del Estado argelino. La vieja nomenklatura, nunca derrotada socialmente, sigue siendo conocida en la calle con un término despectivo: la hogra (desprecio, acto injusto). Todas las injusticias entran ahí.

Ahora, las autoridades penitenciarias hablan de “infarto cerebral y afección pulmonar” de Mohamed Tamalt. Sostienen que fue atendido durante todo el tiempo en el que estuvo en huelga de hambre (en agosto de una hipoglucemia). Sin embargo, el mismo comunicado oficial señala que hasta hace diez días los médicos no constataron que sufría (también) una enfermedad pulmonar. Según esa misma versión oficial, antes del deceso, el servicio de neurocirugía consiguió reanimarlo. La Dirección General de la Administración Penitenciaria señala en un comunicado que Tamalt “observó una huelga de hambre desde el día 28 de junio, justo tras ingresar en la prisión de El Harrache. El Director y los psicólogos del centro penitenciario intentaron convencerle en vano –dicen ellos– de que abandonara su huelga de hambre”.

Hay en esas líneas un aire de vergüenza, de autoengaño, de incomprensión total de la realidad. Los familiares de Tamalt se quejaron públicamente de que no podían visitarle en prisión. Y el resultado final es un mazazo para los defensores de los derechos humanos en Argelia. Amine Sidhoum,  abogado del fallecido, afirma en el diario digital TSA: “No hay acceso a su ficha médica. Es dramático, no sabemos nada de nada”.

En junio, en esta misma publicación citábamos otros casos de ataques a la libertad de prensa en el deletéreo “fin de reinado” del Presidente Bouteflika. Desgraciadamente, Mohamed Tamalt ha sido víctima de ese clima lleno de sombras, incertidumbres, misterios y amenazas de futuro, que va más allá de la libertad de expresión. Mahrez Bouïche, vicepresidente de la LADDH, ha resumido el ambiente del país con sencillez: “Argelia está en una fase muy peligrosa”.

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