La banda sonora de una generación (y II)

Por Javier Pastoriza

El 7 de agosto de 1939 dos hombres negros, Thomas Shipp y Abram Smith, fueron linchados en Marion, Indiana. El hecho pasaría desapercibido (en esos años estos linchamientos eran muy frecuentes en ciertos estados americanos), si un poeta comunista de origen judío, Abel Meeropol, no hubiese escrito un poema sobre este asesinato después de ver una dramática fotografía de los dos hombres colgados de un árbol. El poema lo tituló “Bitter Fruit” (Fruto amargo).

Una cantante de jazz de incipiente éxito entonces, Billie Holiday, le cambió el título por el de “Strange Fruit” (Extraña fruta) y convirtió el poema en la primera canción protesta del mundo del espectáculo. Cuando Holiday interpretaba el tema en los clubes de jazz, todas las luces se apagaban, los camareros dejaban de servir bebidas y el ambiente se iluminaba con un cañón de luz blanca que caía verticalmente sobre la cantante. El efecto sobre la audiencia sobrecogía:

“De los árboles del sur cuelga una fruta extraña. / Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. / Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. / Extraña fruta cuelga de los álamos….”

En los Estados Unidos había canción protesta desde que muchos años antes los esclavos negros cantaban espirituales y cuando en los mítines políticos y en las reuniones de los sindicatos los militantes entonaban canciones críticas y reivindicativas. Pero antes de “Strange Fruit” nunca se había interpretado una canción protesta para un público heterogéneo.

En un reciente libro, “33 revoluciones por minuto. Historia de la canción protesta” (Malpaso) el crítico e historiador Dorian Lynskey analiza en profundidad el fenómeno de la canción protesta desde estos primeros años hasta hoy. La obra, que se centra en la cultura anglosajona, con incursiones en el Chile de Salvador Allende (Víctor Jara), la Jamaica del reggae (Bob Marley y Max Romeo) o la canción africana de Fela Kuti, no es sólo la historia de este género sino un documentado ensayo sobre los acontecimientos históricos y sociológicos que provocaron el nacimiento de las corrientes musicales de protesta en cada época.

Pioneros
Si hay un arquetipo de cantante protesta universal es el del norteamericano Woody Guthrie. Polizón de todos los trenes, vagabundo de todas las rutas, idealista y demócrata, una de sus canciones, “This Land Is Your Land”, se convirtió en uno de los himnos de la contestación. En su guitarra Guthrie tenía escrito un lema: “Esta máquina mata fascistas”.

El comunismo norteamericano ya lo había ganado para su causa antes de que su encuentro con Pete Seeger se convirtiera en el mayor acontecimiento de la historia de la canción popular. Seeger tenía un repertorio de canciones folk con letras sindicalistas y pacifistas con las que Guthrie se identificó de inmediato.

La canción con más gancho que ambos interpretaban en los conciertos que daban juntos era “We Shall Overcome”, adaptación de una vieja tonada europea del siglo XVIII que se convirtió en otro himno de la lucha por los derechos civiles en las manifestaciones y en los festivales folk. En uno de ellos, en Monterrey 1959, Seeger introdujo a una joven que cantó descalza bajo una lluvia torrencial “We Are Crossing Jordan River”. Era Joan Baez.

Los éxitos de Guthrie, Seeger y Joan Baez eran incontestables en los sectores izquierdistas del país, entre quienes también triunfaban Phil Ochs y Peter, Paul & Mary, pero faltaba alguien que trascendiera los viejos lemas partidistas y los gastados clichés musicales y diera a aquellas canciones una nueva dimensión. En el Festival de Newport de 1963 cantó un joven de 22 años que estaba destinado a ser esa pieza que faltaba. Bob Dylan se convirtió muy pronto en el nuevo mito de la canción protesta.

Pero Dylan era algo más que un cantante folk, y en poco tiempo se desprendió de aquel cliché que lo estaba ahogando. En otro festival de Newport, el de 1965, tomó una decisión revolucionaria: tocar con instrumentos eléctricos. Esta iniciativa conmocionó al mundo de la música folk y no faltaron los insultos y las protestas (el mismo Seeger diría años después que aquel día lamentó no tener a mano un hacha para cortar los cables que alimentaban los instrumentos de la banda de Dylan).

Su evolución musical y poética fue imparable. Una compañera con la que vivía en Nueva York, Suze Rotolo, había despertado su conciencia política y le había dado a conocer la obra de Rimbaud, Brecht y Robert Graves (Dylan se fotografió con ella para la portada de “The Freewheelin”). Las canciones de Bob Dylan se expandieron por el mundo a toda velocidad: “Blowin in the Wind”, “A Hard Rain’s a Gonna Fall”, “Masters of War”, “The Times They Are a Changing”, “Like a Rolling Stone”… eran, cada una de ellas, un acontecimiento mundial.

La imagen de Bob Dylan quedó ya para siempre identificada con la protesta civil a través de la música, a pesar de que en su evolución, sin abandonar totalmente la contestación, conoció etapas en las que sus canciones sólo hablaban de amor o de temas que no tenían nada que ver con ningún tipo de reivindicación, mientras su música se acercaba cada vez más al rock.

Contra Vietnam
Dylan incluso se distanció de las protestas contra la guerra de Vietnam, un conflicto que en la segunda mitad de los años sesenta aglutinó a todas las corrientes. Una canción de Country Joe McDonald, “I Feel Like I’m Fixing to Die Rag”, fue el primer tema contra una guerra que puso en pie a todos los intérpretes, desde Phil Ochs, Seeger y Joan Baez a grupos de pop y rock como Simon & Garfunkel, los Byrds (“Draft Morning”), los Doors (“Unknown soldier”)… incluso los Monkees grabaron algún tema contra aquella guerra.

Los cantantes y los grupos británicos, mientras tanto, también introducían la protesta antibélica en las letras de algunas de sus canciones. Jimi Hendrix (“Machine Gun”), Animals (“Sky Pilot”), los Who (“My Generation”), los Kinks, incluso los Beatles (“Revolution”) y los Stones (“Street Fighting Man”) hacían notar esta presencia en sus nuevos álbumes. John Lennon protagonizó con Yoko Ono algunas de las campañas anti-Vietnam más mediáticas, convirtiendo “Give Peace a Chance” en otro himno por la paz.

La comunidad negra se había sumado a la protesta cuando el gobierno norteamericano amplió la leva para la guerra: cuatro de cada diez soldados eran negros. Fue cuando Martha Reeves compuso el dramático “I Should Be Proud”, sobre una mujer que recibe un telegrama diciendo que su marido ha muerto en Vietnam. Los Temptations incluyeron “War” en su nuevo disco. Marvin Gaye convirtió “What’s Going On” en un tema que coreaban todos los jóvenes americanos. La tragedia de los veteranos negros que volvían de Vietnam fue cantada por Curtys Mayfield en “Back to The World”. Stevie Wonder añadiría al repertorio antibélico “Heaven Help Us All” y el álbum “Where I’m Coming From”.

Negro, black, nigger
En los Estados Unidos, si había una comunidad que estaba sufriendo los embates de la injusticia y la violencia eran los negros, privados de muchos de los derechos civiles de los que gozaba la población blanca. 

En 1963, cuando el Ku Klux Klan puso una bomba en una iglesia baptista en la que murieron cuatro niños negros, la indignación movilizó a los cantantes de color contra esta situación. Nina Simone compuso entonces “Misisipi Goddam” que, junto con “A Change is Gonna Come”, de Sam Cooke, fueron las canciones que se entonaban en todas las movilizaciones contra las injusticias del sistema. A esta reacción se sumaron Louis Armstrong, Sammy Davis Jr., Duke Ellington, Curtys Mayfield y otros músicos negros.

La Tamla Motown tardó en unirse a la protesta, hasta después de los disturbios de Detroit de 1967, aunque un año antes ya había publicado una versión de “Blowin in The Wind” del niño prodigio Steve Wonder, quien más tarde grabaría “Big Brother” contra las mentiras de los políticos, el álbum “Innervisions”, en el que presentaba los efectos de la drogadicción y los engaños del sistema, y “You Haven’t Done Nothin”, en el que condenaba toda la presidencia de Richard Nixon.

El cantante negro James Brown, quien mantenía una posición más moderada, servía de muro de contención entre este movimiento y las reivindicaciones del Black Power de Stokeley Carmichael y James Meredith y de los más radicales Panteras Negras. Dejando para otros la tarea de denunciar, Brown ponía el acento en lo positivo y confiaba en conseguir la igualdad de oportunidades para blancos y negros con medidas políticas, y por eso apoyó la campaña de Ted Kennedy a la presidencia. Su tema “Say it Loud, I’m Black, I’m Proud” tuvo también un amplio seguimiento entre quienes compartían su ideario, aunque fue muy criticado cuando en 1972 decidió apoyar a Nixon.

El medio es el mensaje
A finales de los setenta se había apagado la imagen del cantautor que con una guitarra y unas letras subversivas ganaba multitudes para su causa. A partir de ahora la protesta no estaría tanto en las canciones (que también) como en las actitudes y en las imágenes.

El primer movimiento que utilizó los nuevos procedimientos fue el punk-rock. Lo inició Joe Strummer, de los Clash, al que pronto se unieron Siouxie and the Banshees y los Sex Pistols. En una mezcla confusa y contradictoria, los punk mezclaban la estética de la violencia de 'La naranja mecánica' y la esvástica nazi con los principios políticos de la Alemania de Weimar, las reivindicaciones gay, el sadomasoquismo y las actividades terroristas de la Baader Meinhoff y las Brigadas Rojas.

Su ‘ismo’ predilecto era el situacionismo de Guy Debord, y sus referentes llevaban al mayo francés del 68. Con “Anarchy in the UK” y “God Save the Queen” los Pistols resumen sus principios antisistema, que podían aplicarse a todo el movimiento. En Estados Unidos los Ramones y los Dead Kennedys fueron sus mejores representantes. Sin embargo, el punk pecaba de ambigüedad: lo mejor del fenómeno era que podía ser cualquier cosa que quisieras, lo más engañoso era eso mismo.

Una protesta más efectiva que el punk llegó de la mano de la música disco, que para mucha gente representaba la cultura negra, gay y urbana. Para sus seguidores la protesta era una reivindicación festiva en la que la raza y la sexualidad dejaban de ser barreras. “I Was Born This Way” de Bunny Jones y “I Will Survive” de Gloria Gaynor denunciaban en un clima festivo los problemas personales relacionados con la homosexualidad. Se apagó con la aparición del Sida.

El testigo lo recogió el hip-hop. El movimiento nació con un grupo del Bronx llamado Grandmaster & Furious Five, quienes con su tema “The Message” conquistaron a la comunidad negra de todo el país. En sus letras abundaban los apartamentos miserables infestados de cucarachas, las escuelas decrépitas, los yonquis, las putas y los asesinos, la inflación, el desempleo y las huelgas.

Sugarhill Gang vendería ocho millones de copias de “Rapper’s Delight”, y no sólo eso: la canción entró en el Índice de grabaciones de la Biblioteca Nacional del Congreso de los Estados Unidos. La más provocadora de las bandas hip-hop fue Public Enemy. Su nombre estaba inspirado en la calificación que hacían de James Brown en una de sus canciones, y sus temas estaban cargados de consignas antisemitas y de racismo afrofascista. Con todo eso “Fear of a Black Planet” vendió un millón de copias.

Los años noventa y el nuevo milenio siguieron aportando testimonios musicales de protesta con grupos como los norteamericanos REM, considerados los activistas más celebrados del rock norteamericano, y los británicos Maniac Street Preachers, de un radicalismo extremadamente violento mezclado con un intelectualismo que bebía en las fuentes de Yukio Mishima, Vincent van Gogh, Kirkegaard y Michel Foucault.

Aparecieron nuevos movimientos como el gangsta-rap de la N.W.A, lleno de violencia, misoginia y homofobia, y el de Ice-T, que la crítica coetánea calificaba de demagogia esclavista y nazi. El movimiento Riot Grrrl, con grupos como Huggy Bear y Bikini Kill, llevó los principios del feminismo a extremos de una radicalización exorbitante. Frente a estos, el brit-pop de Blur, Oasis y Suede proponía una música básicamente blanca, heterosexual y orgullosamente descomprometida.

Otra corriente se sumó a las críticas a la censura que el Gobierno americano impuso después de los atentados contra las Torres Gemelas el 11-S. Radiohead asumió en sus letras las teorías de Noam Chomsky y del historiador marxista Eric Hobsbawm, mientras el movimiento Stop the War, nacido de las movilizaciones contra la guerra de Irak, ampliaba su influencia al mundo de la música. Neil Young grabó en 2006 “Living With War”, contra las políticas de George Bush, a las que también criticaron la estrella del hip-hop Eminem, los Beastie Boys, Pearl Jam, Bruce Springsteen, las Dixie Chicks y hasta John Fogerty, el antiguo líder de Credence Cearwater Revival.

Actualmente, el compromiso está cada vez más alejado del mundo de la canción. La pérdida de confianza en las ideologías, el desencanto y la comunicación a través de las redes sociales, que han sustituido a las grandes concentraciones, han terminado con un movimiento que jugó un gran papel en la historia de la cultura popular y que dejó tras de sí una obra musical con algunos de los valores más dignos de ser estudiados. Y revisados.

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