Creer es poder

Por Juan Tomás Frutos

No lo comprendo. Ni tampoco podemos permanecer impasibles ante ello. Constatamos muertes en un mar que debería ser vida, así como profunda conexión, ofreciendo, de manera paralela, puntos de encuentro en vez de distancias y olas que separan.

No entiendo nada. La riqueza y el bienestar, como el amor, están para compartir en una entrega que procurará, debe, como dice el Evangelio, muchos, cientos, por uno. Multipliquemos el bien con el bien, a través de él. Lo contrario no ha funcionado jamás.

Reformemos, por ende, las impaciencias, y las intolerancias, así como las envidias y los deseos que no tienen hartura y que nos declaran en enemistad y generan adversarios. Hemos de intentar conseguir un poco más, siempre un poco más, de amor. Ha de ser la prioridad si queremos porvenir. El cariño mueve los planetas y todo cuanto éstos aglutinan.

Los desórdenes que llevan a los más profundos caos e ignominias no nos ayudan a otear con la soltura que sería menester para evitar que vayamos hacia una sima sin límites. La perspectiva ha de ser la jovialidad que nos conduce a más contento. La emoción nos ha de regalar consentimiento, afabilidad, pacto, entrega. La diversión en equilibrio es el eje primordial.

Las luchas fratricidas, los encorsetamientos, las miradas funestas nos apartan de las verdades que asoman y funcionan en ciertas ocasiones, en numerosas, para presentarnos como enamorados de la vida y cooperantes con los colegas y amigos. Las diferencias han de ser experimentadas con sosiego en la búsqueda de unos resultados visibles, creíbles, sonoros, que posibiliten.

Las transferencias de conocimientos, de ideas, de fuerzas, de entusiasmos, nos imprimen los mejores caracteres y brindan contemporáneamente las cosechas de la concordia y la armonía, tan precisas en los instantes de crisis actuales, esto es, de puestas en cuestión de los sistemas, que nos regalan simbióticamente aquello que somos capaces de plantar. No cerremos los ojos, ni tampoco vivamos de cálculos perpetuos.

La paz es un bien preciado desde la óptica de la justicia. Van a la par y se dan direcciones hondas, estimulantes para continuar hacia ese estadio en el que la convivencia nos otorga la dignidad de lo humano. No fracasemos por no procurarlo: así, intentemos que todos estemos presentes como muestra de que la fe realmente mueve montañas.

Digamos no a las muertes, no al hambre, no las diferencias en cuanto al trato por características externas o internas. Hablemos y actuemos. En el ADN somos más idénticos de lo que aparentamos. En cuanto a la salud y el amor somos, o deberíamos ser, iguales tanto en las pretensiones como en los resultados. Esto mismo nos vale para la educación. Lo obvio conviene que lo repitamos, fundamentalmente cuando nos hallamos ante numerosos ejemplos de que no siempre nos demostramos un hecho histórico: nos referimos a que creer es poder.

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