La televisión, la caverna de Platón y la clarividencia

Por En Cierta Medida

El documental 'Gustavo Bueno. La vuelta a la caverna' ('Imprescindibles', La 2) no sólo es imprescindible, sino que muestra cómo la reflexión filosófica sobre la televisión no es un asunto menor. Bueno ha dedicado mucho esfuerzo a esa reflexión, así que aquí y ahora vamos a esforzarnos en entender la distinción propuesta por el filósofo entre “televisión formal” y “televisión material”.

La expresión “televisión formal” fue acuñada por Bueno en el ensayo 'Televisión: Apariencia y Verdad', como oposición a la “televisión material”. ¿Puede la televisión ofrecer contenidos que sólo puedan hacerse presentes a través de la estructura tecnológica e institucional definida como diferencial de la televisión? Según Bueno, la única característica que nos puede valer es la que designamos con el nombre de “clarividencia”. La “clarividencia” es la diferencia específica de la televisión formal en el conjunto genérico de los medios de comunicación, porque la televisión es como un “tercer ojo” que los hombres habríamos desarrollado como un instrumento que nos permite “perforar” los cuerpos opacos; de ahí que podamos hablar de “clarividencia”, de la asombrosa propiedad de “ver a través de los cuerpos opacos”. La televisión, por su tecnología, no puede ser considerada como un paso más, por importante que hubiese sido, dado en la serie de ingenios proyectores de sombras o creadores de imágenes en movimiento porque la televisión no pretende tanto “proyectar imágenes” cuanto hacer posible la visión de cuerpos aislados o en grupo, o de escenas, casi siempre muy alejadas de los ojos de los espectadores. Las escenas que la televisión  nos hace presentes se encuentran, en general, “fuera de la sala”; pero lo relevante no es eso, sino que esas escenas están ocultas a la visión natural a consecuencia de una cantidad indefinida de cuerpos ópticamente opacos interpuestos entre el ojo orgánico y las escenas televisadas. Así, la televisión no se propuso nunca como objetivo la proyección de sombras, ni la visión a distancia, sino la clarividencia.

La televisión ha permitido al hombre alcanzar la clarividencia funcional porque es la realización tecnológica del ideal de clarividencia de la visión a través de los cuerpos opacos: su característica diferencial no sería, pues, el hacernos ver a distancia (tele-visión), sino hacernos ver a través de cuerpos opacos. En la caverna platónica, como en la televisión, la acción causal continua del exterior sobre la pantalla resulta imprescindible para que las imágenes aparezcan en el interior del recinto en donde se encuentran los receptores. Ésa es la razón por la que debe decirse que la televisión sólo funciona como ingenio específico cuando, en tiempo real, están produciéndose en la pantalla las imágenes resultantes de los procesos de producción en las telecámaras y de propagación de los “originales” hasta llegar al receptor. En cambio, la pantalla cinematográfica funciona a partir de unas imágenes obtenidas previamente, conservadas en la película fotográfica y proyectadas en desconexión causal activa con sus originales. Así, una pantalla de televisión en la que se ve un video no es formalmente una pantalla de televisión.

La televisión formal se corresponde con la televisión en directo o en “tiempo real”, aunque no toda televisión en directo es formal porque es necesario que medien cuerpos opacos entre la cámara y la telepantalla: la televisión en directo de un objeto celeste natural (la Luna, por ejemplo), que puede verse a simple vista en el instante, sería televisión en directo, pero no formalmente específica. La televisión “material” cubre el conjunto de situaciones en las cuales el televidente, ante la pantalla, percibe secuencias que podría percibir por otras vías alternativas a las que consideramos específicamente televisivas. La televisión formal se caracteriza por su “dramatismo”: los sucesos percibidos podrían interrumpirse o tomar un rumbo diferente. Esto no puede ocurrir en la televisión  material, cuyos contenidos se supone que están dados. Bueno ofrece en su ensayo una lista de “sesiones” que podrían ponerse como ejemplos característicos de televisión formal: desde la retransmisión en directo de una corrida de toros o un partido de fútbol (su dramatismo consiste en que  nadie sabe qué va a ocurrir en la plaza o en el estadio, dramatismo que desaparece en diferido, aunque si el sujeto receptor no sabe que lo es, puede experimentar emociones análogas a las experimentadas en una corrida o un partido en directo) a casos de alerta meteorológica, ceremonias religiosas televisadas en directo o programas como 'Gran Hermano'.

¿A que ahora veremos de otra manera un partido de fútbol o una discusión entre los concursantes de “Gran Hermano”? Pues eso.

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