LECTURAS DE FINDE / El sudoku poselectoral (y III)

Por Félix Muriel Rodríguez

Probablemente nuestro sistema electoral debiera haberse modificado hace tiempo (confieso que no es fácil; prueba de ello los continuados intentos y proyectos de modificación que no han logrado crecer ni cristalizar), introduciendo algunas correcciones que lo hubieran perfeccionado.

En este momento tan convulso en el que estamos abriendo la Pandora de las negociaciones, pienso que no hubiera estado mal que contáramos con un sistema de doble vuelta o balotaje. A estas alturas las zarandajas de “que gobierne la lista más votada”, que “tome la iniciativa quien ha obtenido más votos”, que nos traigan un amadeo independiente y otras de similar tenor, no tendrían sentido.

En defecto del balotaje, si no logran los políticos ponerse de acuerdo en la o las combinaciones que terminen con la interinidad postelectoral, el único remedio sería ir a la repetición de las elecciones.

La posibilidad de que no haya acuerdo de investidura y se convoquen nuevas elecciones generales preocupa mucho a los empresarios que necesitan “seguridad jurídica, estabilidad y certidumbre”. En esa misma línea están los mercados y los inversores extranjeros. Y no digamos las instituciones europeas.

¿A quién le interesan unas nuevas elecciones? Desde luego al PP y a Podemos. Al PP porque la repetición de los comicios le da pie para azuzar más el factor miedo, ahora con más razón sobre la base de los acontecimientos en Cataluña y porque, desde la perspectiva de sus luchas internas, la nueva campaña electoral supondría un paréntesis esperanzador en la idea de mejorar los resultados. A Podemos, porque hasta ahora siguen disfrutando de la virginidad respecto a la práctica de la gobernación (que es el mollejón donde se hacen romas, cuando no se desmoronan, las formaciones políticas), y a sus aliados periféricos porque viven aún del aura de los recién llegados a las tareas de gobierno; su estrategia pasa por seguir tensando la cuerda de las elecciones en el supuesto de que les seguirá saliendo bien, o lo mismo de bien o mejor que hasta ahora: desde que nació el partido nos han hecho más que jugar a la oca electoral.

¿Quiénes serían los más perjudicados con la repetición? Sin duda Ciudadanos, que no ha satisfecho sus expectativas electorales y que, salvo que le siga comiendo votos al PSOE, no es previsible que aumenten sus posibilidades de mejora. Y el PSOE, que desde las elecciones de 2011, consulta tras consulta, ha venido perdiendo votos de manera tendencial (eso sin contar con que antes de la campaña no decida meterse en el proceso congresual y en la elección de un nuevo líder), lo que no es buen augurio para encarar una repetición del proceso electoral.

Además, una repetición de las elecciones significaría una nueva campaña, con sus mítines, propaganda, debates y demás aparato (sin olvidar el gasto que ello comporta para las arcas públicas), ¿con los mismos líderes de cabecera? ¿con las mismas listas?, la continuidad del gobierno en funciones… En estas condiciones no hay que descartar que el cansancio electoralista terminara alejando a los electores, aumentando los porcentajes de abstención y, por ende, la incertidumbre de los resultados. Es decir, estaríamos introduciendo nuevos factores de incertidumbre. 

Innecesarios, porque los resultados han reflejado bien a las claras la existencia de dos bloques, que difícilmente cambiarían en términos globales por mucho que se empeñen en convocarnos a elecciones cada tres meses.

Como apuntaba hace unos días Andrés Ortega, “corresponde a los políticos gestionar la situación creada. Trasladar su incapacidad de entenderse al electorado es como decir a los ciudadanos que se han equivocado al votar, y que cambien. ¿Y si no cambian? Lo que tiene que cambiar es la forma de hacer política. Simplemente, como en tantos países de Europa” para terminar pidiendo a los políticos que hagan su trabajo y se dejen “de rayas rojas y empiecen a buscar y pactar rayas verdes. Que hay suficientes”.

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