Bailad, bailad... malditos

Por André Sorel

Bailan. Pero no tienen la categoría ni la gracia de los payasos. Únicamente buscan convertir la política en un circo. Se apoyan en el denigrante espectáculo que ofrecen las televisiones. Buscan a los espectadores de repugnantes programas que persiguen la exhibición de la zafiedad, el embrutecimiento…

Pan y circo se ha dicho siempre. Fútbol a todas horas -y ya no es deporte lo que se ofrece, sino chismorreo sobre cuanto le rodea-. Y ellas, ellos, que aparecen como responsables de la política, no dudan en convertirse en barricas y odres movientes que no contienen vinos delicados, sino cuerpos vulgares, se contonean, orondos, mofletudos, de ojos disparados hacia la imbecilidad y sonrisas espumosas y vacuas exhibidas como muestra de la estulticia de sus cerebros. Mujeres y hombres en escenarios más infectos que los que albergan pútridas charcas para batracios.

Bailan. Porque fuera de sus catecismos pragmáticos, en partidos y gobiernos se aprenden de memoria unos formularios que repiten a lo largo de los días como lluvia negra devoradora de conciencias, lecciones aprendidas en colegios o universidades que destruyen la inteligencia y el conocimiento, donde solo se imparten doctrinas para triunfar en los negocios, luchas por los poderes empresariales o políticos, acaparar fortunas por los métodos que sean, ignorar lo que es perseguir y extasiarse con la belleza, la profundidad en las relaciones humanas, el diálogo con palabras y conceptos civilizados.

Reflejan el presente histórico de la mayoría de los seres humanos, que hace cien años definiera Karl Kraus: "Una mujer cuya sensibilidad nunca acabe y un hombre al que siempre se le ocurran ideas: dos símbolos de la humanidad que el género humano considera patológicos.”

No, ellos, ellas, bailan. Ciegas televisiones persiguen sus burdos movimientos para que sirvan de cotilleos en auténticamente patológicas tertulias, conversaciones de esa humanidad que persiguen embrutecer para así mejor dominarla. Dormida y estupidizada mejor que crítica y problemática.

A uno no le quedan ya palabras para maldecir estos espectáculos.

Elecciones: ¡Viva el Carnaval!
Y tomamos palabras de Umberto Eco, en 2001, para arrojarlas a quienes no han de cesar de bailar de aquí al 20 de diciembre, de una u otra forma, que palabras y movimientos de cuerpo se identifican en sus orígenes y finalidad para martirizarnos con el alucinante espectáculo político al que nos someten, con sus necios gestos y vacías chácharas, ante el regocijo de los conductores de eso que llaman comunicación. (Porque la única protesta posible ante el escarnio que vivimos, sería la de que ese domingo de diciembre, nadie saliera desde las nueve de la mañana hasta las ocho de la tarde de sus casas, bien pertrechados en ellas con alimentos, vinos, libros, viejas películas, y los que pudieran, caricias, palabras de amor y relaciones que inventaran el placer de la pasión desbordada).

Escribe Umberto Eco: “La clase obrera ha sido adoptada por la industria de la carnavalización como su usuario medio. No son solo ya sus cadenas lo que puede perder. Hoy día (si se produjera un blackout revolucionario podría perder el episodio de Gran Hermano y, por tanto, vota por quien se lo da y sigue trabajando para ofrecer plusvalías a quién le proporciona entretenimiento…)

Se ha carnavalizado el deporte… pasando de actividad ocasional a actividad omnipresente, y de actividad que acaba en si misma a actividad industrial. Se ha carnavalizado porque en el deporte ya no cuenta el juego del que juega… sino la gran carnavalada del antes, durante y después; y en realidad juega durante toda la semana el que mira, no el que juega.

Se ha carnavalizado la política, para la que se utiliza ya el lema de política espectáculo. Se ha carnavalizado la religión…el Orgullo Gay… O tal vez lo resolverá la historia, una guerra mundial con mucho uranio empobrecido, un buen agujero en la capa de ozono más grande que nunca y se acabó el carnaval”.

Y fuera del carnaval, las calles, los metros, los parques, los bares, arrojan a millones de ciudadanos que portando en las manos una pequeña cajita de la técnica más técnica de todas las técnicas, no dejan de fijar sus ojos en ella mientras bailan con sus dedos sobre sus teclas apedreando el lenguaje, embutidos en la burbuja del otro carnaval que les esclaviza y les aleja de un mundo en el que existieron paseos, diálogos enriquecedores, largas caricias que preludiaban explosiones corporales y espirituales gozosas, reflexiones sobre su propia vida y sentidos abiertos a mil y un goces abiertos, búsqueda de conocimiento y belleza. E ideas y luchas para buscar un mundo más justo, libre y racional.

Se entregan se entregan con el baile de sus dedos a la magia de la mayor pobreza que nunca uno pudo imaginar que llegara a existir...

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