El corazón de Ulises

Por En Cierta Medida

Hemos vuelto a ver en los telediarios las imágenes de Aylan, el niño sirio que murió ahogado y cuyo cuerpo apareció desmadejado en una playa de Turquía. Y más imágenes de refugiados agolpados detrás de esas vallas que ya hemos visto en tantos sitios y que tanto le gustan a Donald Trump. ¿Qué podemos hacer? Poca cosa. Pero hasta lo poco necesita un punto de partida. En la 'Odisea', Ulises vuelve a su patria y, gracias a Atenea, se hace pasar por un viejo sucio y feo, de manera que no es reconocido. La admonición que Ulises se hace a sí mismo en el poema de Homero, pidiéndose sosiego cuando al llegar a Ítaca ve los desmanes de los pretendientes y siente el impulso de una venganza apresurada, es, como dice Fernando Savater (siguiendo las reflexiones de la helenista francesa Jacqueline de Romilly en 'Patience, mon coeur'), la primera vez en nuestra cultura que un humano habla no con sus semejantes o con los dioses, sino consigo mismo, y el comienzo de la psicología, el testimonio inaugural de la conciencia que reflexiona sobre su intimidad. Homero dice que a Ulises “le ladró el corazón”, pero él le increpó golpeándose el pecho y le dijo: “Calla ya, corazón, que otras cosas más duras sufriste”. Sin embargo, el corazón al que se dirige Ulises en ese momento es también el corazón físico que puede ser atravesado por una lanza, puesto que, en Homero, los agentes de la vida mental se solapan con los organismos físicos. Ese corazón que ladra y al que hay que increpar para que no nos obligue a odiar sin más a los culpables de la barbarie (el odio siempre termina en nuevas vallas más altas) es el mismo corazón que puede ser atravesado por la imagen de un niño muerto en una playa.

Corazón atravesado por el dolor y corazón domesticado para que no se limite a ladrar a los que están detrás de las vallas. Ahora sí. Ya estamos en el punto de partida. Adelante.

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