Ballenas al alcance de la mano (y 2)

Por Concha Moreno

Gigantes del mundo marino, en un jugueteo sin igual, las ballenas grises se acercan a saludar a los curiosos, asoman la cabeza, observan, siguen a las embarcaciones, rocían a los espectadores, brincan y levantan orgullosas su majestuosa cola.

Esta especie ha viajado a lo largo de la historia para iniciar y concluir su ciclo reproductivo en las lagunas costeras del Océano Pacífico mexicano, en Baja California sur. Año tras año, emprenden su recorrido desde el Círculo Polar Ártico a través de las costas de Alaska, Canadá, Norte de Estados Unidos y California, hasta llegar a estas cálidas y poco profundas aguas para aparearse o tener nuevas crías.

La ballena gris realiza una de las migraciones más largas que se conocen entre los mamíferos, pues cada año recorre entre 15 y 20.000 kilómetros en viaje de ida y vuelta. Unas en noviembre y otras en diciembre, todas abandonan las gélidas aguas de Alaska y Rusia para refugiarse en las cálidas mexicanas, que rondan los 20 grados, donde llegan más de dos meses después. Allí, las hembras y las crías permanecen hasta abril. Los machos, una vez concluida su misión, abandonan el lugar.

Para dar una idea del esfuerzo que supone el traslado, se calcula que si se sumara la distancia que recorre un solo ejemplar, cuando llegara a los 50 años habría hecho un viaje equivalente a ir de la Tierra a la Luna.

Reproducción
Esta especie alcanza la madurez sexual a los ocho o nueve años. El proceso de apareamiento de las ballenas grises es más complejo que la mayoría de otras especies. Al menos tres de ellas estarán implicadas en el cortejo y el proceso de apareamiento. Puede ser un macho y dos hembras, o al revés, pero ambos (macho y hembra) completan más de un encuentro sexual. El hecho de que las hembras se reproduzcan con más de un elemento se debe a que supone mayores probabilidades de concebir. Generalmente conciben después de la primera ovulación, pero si fallan, pueden alcanzar otro ciclo estral después de 40 días.

El apareamiento consiste en nadar en línea y en círculos, nadar en posición lateral mostrando una aleta fuera del agua, arqueos exagerados, constante contacto entre animales, copulación en donde el pene del macho es visible y buceos al finalizar la sesión. Todo el proceso dura aproximadamente 30 minutos.

Las que van a parir permanecen en esos mares durante dos a tres meses para amamantar y proteger a las crías, que, mientras, desarrollarán una capa gruesa de tejido adiposo que las protegerá y proveerá de calor durante su permanencia en aguas más frías. El ballenato, al nacer, mide unos 5 metros y puede llegar a pesar 750 kilos.

La hembra tiene un solo descendiente cada dos años y el período de gestación dura de 12 a 13 meses. Inmediatamente después de que nacen, las crías tienen la habilidad de nadar y algunas permanecen con sus madres hasta los dos años.

Son animales polígamos, pues el macho puede aparearse con varias hembras sin participar en la crianza de los ballenatos. En general, vive en pequeños grupos, de 3 a 5 miembros, aunque se han encontrado comunidades que tenían 18. Sin embargo,  no se quedan en el mismo grupo durante toda su vida. En su lugar, forman lazos muy flojos, y pasan a otros grupos más adelante. Es decir, ni fidelidad ni dependencia: cada uno a lo suyo de por vida. Una vida que oscila entre los 25 y los 80 años. La media es de 60.

Los mejores lugares para verlas
Las lagunas de la reserva de la biosfera de El Vizcaíno, los Cabos y La Paz, en Baja California sur, y Sayulita y Rincón de Guayabitos, en Nayarit, ofrecen espacios en donde es difícil, o casi imposible, regresar a casa sin ver alguna ballena.

Las poblaciones se concentran en las aguas de Isla Guadalupe, Isla Cedros, Islas San Benito, Isla Todos Santos, Bahía de San Quintín, Laguna Guerrero Negro, Golfo de Santa Clara, y Canal de Ballenas.

Para su avistamiento se puede elegir cualquiera de los siguientes destinos: Laguna Ojo de Liebre, Punta Abreojos, Laguna San Ignacio, Bahía de Ballenas, Boca de las Animas, Bahía de San Juanico, Boca de la Soledad, Canal de San Carlos, Bahía Magdalena, Bahía Almejas, Cabo San Lucas, Canal de San Lorenzo, Bahía de La Paz, Bahía Concepción y Santa Rosalía.

Yo elegí la laguna de la localidad de San Ignacio, un pequeño pueblo situado a 142 kilómetros de Guerrero Negro, la localidad próxima más poblada. Un verdadero oasis en medio del desierto mexicano. Fue descubierto el 19 de noviembre de 1716 por el jesuita Francisco María Píccolo y, el 20 de enero de 1728, el jesuita mexicano Juan Bautista Luyando invirtió parte de su patrimonio en fundar allí una misión.

Cuenta con una hermosísima iglesia construida con roca volcánica, lo que ha permitido que permanezca casi intacta con el paso de los años. La inició el jesuita Fernando Consag, y la concluyó el dominico Juan Crisóstomo Gómez, en 1786. Además de su espléndida fachada ornamentada en piedra labrada, en su interior destaca de manera notable el gran altar de madera labrada y chapada en oro, con siete óleos, y una estatua de San Ignacio de Loyola, que son verdaderas joyas del arte religioso del siglo XVIII.

A la laguna se accede por un camino de terracería de unos 15 kilómetros, que desembocan en Kuyimá, un centro de retiro donde se puede pernoctar en pequeñas y rústicas cabañas, o acampar.

Desde Europa
Para llegar a cualquiera de estos lugares, desde Europa, no queda más remedio que tomar un vuelo hasta La Paz, en el sur, o hasta Tijuana, en el norte. En cualquiera de las dos opciones hay que pasar por la Ciudad de México, pues no existen vuelos directos. Otra opción es viajar hasta Los Ángeles (EE UU) y entrar por el norte, por avión o autopista.

Elegir la carretera permite disfrutar de un paisaje espectacular: el desierto mexicano, un lugar que, a pesar de la aridez, está poblado de una gran variedad de plantas. Una jungla de espinas colonizada por millones de cactus de todas las especies imaginables –cardones, cirios, biznagas, collas, datilillos, ocotillos…– muchos de ellos tan altos como un edificio de tres pisos. Rodando por la estrecha carretera, la mirada se queda prendida de los inmensos cactus saguaro y en los cirios. Eso sí, son más de mil kilómetros los que hay entre el norte y el sur de la península.

Disfrutar, pero respetando
La ballena gris puede considerarse como un símbolo que sintetiza las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza. Alguna vez ha sido cazada masivamente y llevada al borde de su extinción. Sin embargo, gracias a la suma de esfuerzos internacionales se ha logrado la recuperación de sus poblaciones casi en su totalidad. Hoy, su caza comercial es ilegal, Rusia permite un máximo de 140 ejemplares al año con el fin de alimentar a sus granjas de cría, y Japón ha tenido que dejar de masacrarlas en la Antártida (supuestamente, el fin era “científico”). Islandia y Noruega tampoco pueden capturarlas, de acuerdo con una orden de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) del pasado año.

Según Conabio (la Comisión Nacional para el conocimiento y uso de la Biodiversidad de México) la población actual es de 26.500 ejemplares en todo el mundo (datos de 1998/99), aunque se tiene la certeza de que los tres años siguientes fueron nefastos para estos animales, pues aparecieron muertos demasiados ejemplares, y los nacimientos descendieron considerablemente.

Pero, y aquí entramos todos los que queremos disfrutar de ellas, diversas actividades propias de nuestro estilo de vida pueden perjudicarlas de forma importante. Quizás, sin saberlo, contribuimos a esas muertes misteriosas. He podido comprobar que hay demasiadas embarcaciones a la vez en los lugares donde se encuentran y que, tras el tiempo establecido para observarla (unas dos horas) unas barcas regresan mientras otras salen. Así, hasta las tres de la tarde. Es decir, los pobres cetáceos están sometidos a un continuo ruido de motores, de gritos, de ruidos…, y de olor a gasoil.

Puedo dar fe de que, a primer ahora de la mañana, la bahía rebosaba ballenas (hasta cinco tuve a mi alrededor). Regresé nuevamente a las 2 de la tarde: sólo dos madres con sus pequeños seguían en el lugar. Así es la rutina día tras día. Me pregunto hasta qué punto puede afectarles ese trasiego de barcas y personas durante cuatro meses. Me dijeron que quedaban unos 100 adultos y 50 ballenatos. Los demás se habían marchado.

En esta época pueden llegar a darse cita en Baja California unos 2.000 ejemplares, y se calculan alrededor de 800 nacimientos.

Y es que este mamífero representa también una oportunidad económica a través del turismo para diversas comunidades y poblaciones localizadas a lo largo de su ruta migratoria. Desde principios de diciembre y hasta abril, expertos prestadores de servicios turísticos transportan a los miles de turistas, principalmente internacionales, que acuden para observar el inigualable espectáculo natural que ofrecen las ballenas.

Unos como espectadores, y otros como empresarios, deberíamos cuestionarnos hasta qué punto estamos haciendo lo correcto, o contribuyendo a la explotación de unos animales a los que denominamos “amigables”.

Ellos nos proporcionan el inmenso placer de disfrutar de un espectáculo único: danzan, muestran su enormidad, suben y bajan, saltan una y otra vez en un ágil baile inimaginable en animales de ese tamaño, nos enseñan a sus crías, las llevan con suavidad a nuestras manos, permiten que les acariciemos, confían en los humanos… ¿A cambio, qué les hacemos nosotros?

La primera parte de este extenso reportaje está aquí

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