Amanda, en primera persona

Por Ileana Ruiz

Soy una mujer bendecida por la vida. Durante mi infancia todas las personas de mi familia me brindaron su amor, a veces un poco exagerado y sobreprotector, innecesariamente preocupado, creo yo.

Me gusta abrazar a la gente. Hay quien se molesta por eso. Sé que el cariño nunca está de más, lo que pasa es que no a todo el mundo le gusta que le digan que le quieren o le demuestran afecto. ¡Qué raro!

Ahora que soy adolescente las cosas se están complicando un poco. Para mis hermanos pareciera seguir siendo todo fácil. A lo mejor es que ser mujer es más difícil que ser hombre.

Hay cosas que me gustan tanto que no importa que me dejen sola mientras me ocupo de ellas. Sembrar café es una de ellas. Las matas de mi campo no son tan viejas pero están dañadas porque los comerciantes no hicieron bien su trabajo y nos vendieron un cultivo mal nacido (no sé si cuando mi papá dice “¡ese malnacido!” se refiere al vendedor o al arbolito).

Esto de preparar el café es algo delicado: primero se llenan las almácigas con arena de río; se desinfectan con agua hirviendo y se deja enfriar a la luz de las estrellas. Se esparcen las semillas procurando que cada una tenga su espacio para crecer. Ahora viene el momento en el que hay que tener más paciencia porque no se sabe qué está pasando. No se puede sacar la semilla ni estar tocando porque se muere.

Cuando nace la matica y ha crecido como cuatro dedos, se sacan de la arena (solo sirven las semillas que tienen la raíz recta porque si está curva cuando el cafeto crece la raíz se enrolla y se ahorca), entonces, las maticas se colocan en unas bolsitas plásticas una por una.

Se reúnen en grupos de cincuenta, una las aplaude y se toma un trago de mistela en su honor. Están listas para la venta. Tener una característica personal que llaman Síndrome de Down no impide que yo sea caficultora.

Cada vez que alguna persona en Venezuela se lleva una taza de café a los labios yo se que está dándole un beso a mi esfuerzo.

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