¡Conviértase en árbol, hombre!

Por Ana María de Luis

Recuerdo de niña aquellos duelos que se hacían en familia con el finado de cuerpo presente. Primero se daba el pésame pero éste duraba tantos días como la novena que se rezaba para que su alma fuera acogida en el Reino de los Cielos. De ahí, pasamos al modelo anglosajón de llevar al finado a una estancia que parecía más un hotel que otra cosa, llamada Tanatorio, del griego tanatós, que significa muerte, en donde propios y extraños tomaban algo a su salud; léase un vinito con pistachos o una medianoche si ya nos pillaba a matacaballo entre la tarde y la noche.

El muerto pasaba sus horas a solas, mientras en la estancia de al lado se saludaban Pili y Juani que no se veían desde la infancia, Conchi y Pepi, que se habían operado tanto que ni se reconocían, Julián y Tiburcio, amigos de chapas y canicas en el pueblo, y así se montaba tal belén que no sabías si se alegraban del hecho en sí o celebraban su vuelta a los ruedos.

A todo esto cuando llegaba el cura del lugar, preguntaba a quien quisiera escucharle, ¿rezamos un padrenuestro y eso? Y sí, algún alma cándida le acompañaba al cuartucho enfrente del fiambre para decir las palabras que ni se sabía porque el padrenuestro lo cambiaron hace años y él no pisa una iglesia. Todo ello sin soltar el vinito no vaya a ser que me cambien la copa. Amén era el cierre de todo ese ensayo religioso para posteriormente cerrar la estancia cuando el estómago estaba lleno y las mentes, abatidas por el alcohol soltaban algún chiste que decía, no somos nadie y frases de la época…y así, nos íbamos a casa porque el duelo se hace mejor “tumbao”, la moña se duerme toda la noche y ya si eso, vamos al entierro que será pronto y nos tomamos unos churros…

En esta modalidad de exequias teníamos el luctuoso servicio de llévese usted a su finado en un tibor y entíerrelo donde crea conveniente. Aquí, ya que el ser humano tiene mucha imaginación, todos suponian, porque el finado nunca lo dijo, que él quería estar en el mar. Y allá que nos íbamos con el bote a la costa más cercana y si el viento lo propiciaba acabábamos con las cenizas del finado, la caja y los de las cinco muertas anteriores en la cara.

Posteriormente se puso de moda lanzar al finado por los aires. Ya se sabe que esto es España, un país de charanga y pandereta, y una empresa que todavía lo hace, propone que las cenizas salten por los aires. Esto que no deja de ser muy valenciano pasó a ser una fiesta en donde veíamos el cielo y la tierra unidos por las grises trazas del finado, ¡qué modalidad!, no crean.

Y hoy me despierto pensando que todavía se pueden hacer otros entierros aún más cool; a saber, conviértase en árbol hombre y deje usted el duelo para mayor gloria de Dios. Las cenizas del difunto pasan a una maceta biodegradable y en meses florece un árbol a la memoria de Choni que se fue tan contenta ella, sin dejarnos un pistacho en la boca. Las urnas Bios contienen una semilla de pino que se puede reemplazar por un abedul, un chopo o en lo que usted quiera convertir a la Mari Tere.

No queremos medio ambiente, pues ¡toma la urna y corre! Déjate de rezar por tu fallecido y planta un árbol en tu vida. No sé si a la vuelta de la esquina habrá una app que destruya a tu familiar y lo precipite al vacío. Todo será que algún friki lo haga y venda tantas que se convierta en el nuevo magnate de los sepelios.

Sigo pensando que le debemos un respeto a nuestros muertos. Que como decía Manrique ya se quedan solos y nadie los va a ver. Hagan ustedes lo que crean oportuno; entre el pistacho, la caja, la urna, el vuelo en parapente y el árbol están los sentimientos, el dolor, la pérdida, el duelo y la sensación de que estamos aquí de paso. El que crea no tendrá miedo y el que no crea en nada, pensará que cualquier tiempo pasado fue necesariamente mejor. Esto es libre como el elegir la forma de dar sepultura a tus amigos y familiares.

¡Hagan juego señores pero no digan que no les he contado lo que está de moda llegada esta primavera que parece no irse nunca!

Descansen en paz, tengamos respeto por ellos y sigamos viviendo como si nadie nos estuviera viendo. Y sobre todo, apague el móvil cuando lo estén enterrando que es una falta de educación. Digo yo.

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