Horas de paz en Colombia

Por Ileana Ruiz

La paz no se decreta. No es algo que deba ser a juro, porque le da la gana que así sea en un espacio y tiempo determinado a unas cuantas personas. La paz se construye en un diálogo no siempre fraterno pero si respetuoso y reconocedor de la otredad válida para la interlocución.

Una serie de organizaciones y movimientos sociales decidieron sumar sus manos, música, vidas, cantos, poemas, corazones, producciones plásticas, pulmones, obras musicales y teatrales, pies para la gestación (en esfuerzo colectivo) de una estrategia comunicacional para la reflexión llamada “SonHoras de paz”.

SonHoras de paz se despliega en pancartas, se dibuja en graffitis, se admira en la web, se canta en Mérida. Atraviesa los límites de Venezuela, se vuelve abrazo en Colombia y se va rodando Suramérica abajo hasta la puntica más austral de nuestro continente.

Y es que no basta que las figuras visibles de la política colombiana se reúnan y dialoguen, también las bases campesinas, obreras, estudiantiles y, en fin toda la población, debe involucrarse urdiendo y tramando la convivencia humana.

La paz no se compra. No es un presente que se adquiere en el quiosco neoliberal. No basta que los ejércitos se desmovilicen, se entreguen las armas, se suscriban acuerdos políticos.

Ya en 2006, al desmovilizarse y disgregarse las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia, surgieron bandas criminales, clanes entrenados para muerte y destrucción.

Según la Defensoría del Pueblo de Colombia, el Clan Úsuga está presente en casi todo el territorio colombiano (22 de los 32 departamentos) dedicado al robo, secuestro, extorsión, asesinato, mutilación. Según el programa “Somos defensores” han sido agredidos 2 244 defensoras y defensores de derechos humanos, de estas personas, 1687 recibieron amenazas, 346 fueron asesinadas, 206 fueron víctimas de atentados, 131 detenidas arbitrariamente, 29 judicializadas y 16 desaparecidas.

En cuanto a responsabilidad por violación de derechos humanos, el paramilitarismo lleva la delantera. Desde una visión crítica, los crímenes cometidos por estas fuerzas armadas no se deben confundir con delitos comunes.

El conflicto social y armado en Colombia no tendrá un fin estable mientras no se corrijan las causas que le dieron origen. El infierno desatado con un dedo en el gatillo solo se apagará con la lluvia fresca y generosa de la verdad y la justicia.

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