El test Montoya

Por Manuel Pascua

Nacido de una tira cómica (The rule, 1985), el test de Bechdel solo tiene tres requisitos para medir el grado de la brecha de género en el cine:

–En la película deben aparecer al menos dos personajes femeninos con nombre.

–Estos personajes femeninos mantienen al menos un diálogo entre ellas.

–La conversación no puede tratar de hombres en modo alguno.

El resultado es aterrador, 'Star Wars', 'Batman', 'Cuando Harry conoció a Sally', 'Avatar', 'Trainspotting', 'Toy Story', 'Regreso al futuro', 'Shrek', 'X-Men', 'El gran Lebowski', 'Truman'… no pasan el test.

Si cambiáramos mujeres por gitanos y que el diálogo no tuviera que ver con trapacerías, ninguna película española pasaría el Test Montoya, por darle un nombre. No hay gitanos en nuestro cine. Ni en nuestras televisiones. Ni en nuestra política. Ni en nuestras tertulias. Solamente si descuellan en alguno de los palos del flamenco los tenemos en cuenta y hecha la excepción, si hablan dos gitanos en la ficción es porque andan en algún engaño.

Nadie habla de los gitanos dentistas o ingenieros o abogados o profesores o taxistas o inspectores del gas o cajeros o estudiantes o tintoreros o restauradores o guías turísticos o médicos y no porque estén normalizados, sino porque son invisibles. Solo hablamos de gitanos en forma despectiva, como ciudadanos de segunda y además incivilizados. La visibilidad es un lujo para muchos de ellos.

No hay personajes gitanos normalizados en nuestras series; no hay una docena de gitanos concejales y ni un solo diputado romaní, aunque Maria José Jiménez lo intentó el 20D. No hay gitanos presentando noticias o diciendo chorradas en un programa del corazón o comentando los programas de gitanos que hacemos los payos.

No hay gitanos en 'La Ventana' ni en 'Julia en la Onda' ni en 'Al Rojo Vivo' ni siquiera en la cutre-casa de la socióloga Mercedes Milá.

Es poco conocido que Andrea Pirlo, Ibrahimovic, Schtoikov, Eric Cantoná o Jesús Navas, todos futbolistas de primer orden, son de etnia gitana. Hay chefs como Manuel Valencia o académicos como el filósofo y escritor Rajko Duric, poetas como Heredia Maya o ensayistas como Joaquín Albaicín. Casi nadie cree que Helen Mirren o Michael Caine son gitanos, ni qué decir de Charles Chaplin.

August Krogh, gitano, recibió el premio Nóbel de Medicina en 1920; Antonio Solario, gitano, fue pintor renacentista y tenemos su obra en los frescos del Monasterio de San Severino en Nápoles. Helios Gómez Rodríguez fue artista surrealista de principios del XX, estuvo en el campo de concentración de Vernet d’Ariege con Max Aub y fue encarcelado por Franco hasta el 54. También gitano. El barcelonés Matéu Maximoff, escribió en francés, su obra se tradujo a 14 idiomas y es testimonio de gitano.

En 1490 los Reyes Católicos promulgaron su expulsión de España o su exterminio. En el invierno de 1571, Felipe II, El Prudente, mandó encarcelar a todos los hombres gitanos a los que luego incluyó en una leva para servir como galeotes –remeros en las galeras– o quedar presos. El 19 de septiembre de 1639 Felipe IV, el Rey Planeta, con la connivencia del nuncio apostólico Enrique Enriquez, ordenó otra leva general de gitanos que diezmó su población. Felipe V d’Anjou al que tanta rabia tienen los catalanes, dictó una pragmática para obligar a los gitanos a residir en determinadas zonas –guetos– de algunas ciudades concretas. Fernando VI, tenido por El Justo, ordenó secretamente y mediante un Despacho de Guerra, juntamente con el “ilustrado” Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, la Gran Redada o Prisión General de Gitanos con el objetivo declarado de encarcelar o extinguir a esta etnia.

Fue el lunes 30 de julio de 1749, un horror de nuestra historia poco conocido a pesar de una efectividad que casi los extermina por completo de la piel de toro. Y, por supuesto, Auschwitz: el Samudaripen o Porraimos, el Holocausto gitano que coexistió con el judío y que no interesa ni como pregunta de Trivial.

Visibilicemos a los egiptanos, roma, gitanos, romaní, zingaros, sintis o cualquier otro nombre como ciudadanos e incluyámoslos ya como una parte enriquecedora de nuestra sociedad. Mientras tanto, para el DRAE la palabra gitano es sinónima de trapacero.

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