El viaje

Por Juan Tomás Frutos

Entiendo que no es fácil salir del hastío que producen unas actitudes, a menudo reiteradas, de vacío, de desconsideración y hasta de penumbra desde hechos que podemos catalogar como nefastos cuando descubrimos que las  intenciones primigenias, en tales casos, no son nada óptimas. No obstante, nos hemos de sobreponer a ello. Ha de ser una divisa, una obligación egoísta, para dar con ese tono de la felicidad que todo lo explica al final del día.

Los que viven en pozos secos, entre posturas negativas, tarde o temprano cosechan el darse cuenta de que no han ido por la senda del gozo de experimentarse libres. La envidia y el egoísmo que tanto envilecen son una barrera para ser auténticamente humanos.

Seamos consecuentes y busquemos, por ende, el amor, que existe. Ése ha de ser nuestro secreto mejor guardado, sin que sea ni siquiera un secreto. Creamos en la estimación, en lo que significa, en el momento, con sus claros y oscuros, con sus opciones, con sus caídas, tras las cuales, como siempre, nos levantaremos. El estandarte es el cariño con sus matices, simas y atalayas. Subamos por él a nuestro ritmo.

Añadamos más y mejores comportamientos a nuestro deambular. Las miradas de complicidad, a veces difíciles de entender, pese a su naturalidad y cercanía, nos llevan a unirnos a siglos de comprensión. Hemos arribado hasta aquí (no lo olvidemos) tras mucha briega.

Nos despertaremos con coraje, en la persecución del equilibrio, ante las negociaciones cotidianas que nos permitan consolidar el sabor agridulce en tardes de fe en lo humano, pese a las contradicciones que surgen y que nos reponen, si queremos, en los altares de una gloria hermosa. Planteemos lo ideal, que a veces se cumplimenta.

Alcancemos lo que pretendemos ser en un espacio-tiempo de pases inagotables. Imaginemos que nos conjugamos con ese verbo que es amar, que es más polisémico de lo que advertimos, y quizá por eso exactamente, por su ambigüedad, por sus interpretaciones tan variadas y variables, lo podemos experimentar con densidad.

Vida y muerte
No perdamos la perspectiva. Cala la vida, como palpamos la muerte en cada amanecer, en cada crepúsculo, que sabe a dioses con representaciones de energía y capas de espesura negra, aunque hay otros colores.

Tú, querido amigo, querida amiga, estás ahí, como los demás (nunca menos), cada uno en un margen de una obra que sabe a espectáculo, pero que, fundamentalmente, nos ofrece la oportunidad de decir que estamos en el dinamismo cotidiano. Al alba, cuando suenan las campanas del deseo por un nuevo día, confesemos, como nuestro insigne escritor, que existimos.

Para eso será bueno que apostemos por personas de bien, que las defendamos, que las ayudemos, que no las dejemos de lado en los instantes aciagos, y que nos fomentemos en la alegría de entender por qué estamos aquí. Todo es efímero. Nada viaja con nosotros, salvo lo que hemos aprendido. La singladura es, fundamentalmente, formación para mejorar y ser. ¿Lo comprendes?

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