La tabla de salvación

Por Juan Tomás Frutos

La vida es un ingente sentimiento. Si algo permanece con el paso de los años es el valor de lo que percibimos espiritualmente, esto es, de aquello que supera las barreras de lo físico, que son siempre cuestiones coyunturales y/o históricas, y poco más.

La relatividad de las cosas nos debe hacer pensar en la importancia de lo que experimentamos. De hecho somos lo que reflexionamos, lo que anhelamos, lo que soñamos, lo que valoramos, lo que expresamos. La materia es fungible y se transforma. Para que los cambios sean efectivos y eficientes los elementos que circundan esas mudanzas han de ser sugerentes y contrastables.

La belleza es imagen de equilibrio. Lo es incluso cuando pende de un hilo. La percibimos hasta en la caída, que no quita, como dijo Marco Aurelio, la gloria de haber sido, de haber llegado a acontecimientos más o menos ensalzables. Hay tensión en los ciclos, pero también magnificencia.

Nos congratulamos cotidianamente por ese encuentro que nos aclara que, sin conocernos, somos amigos.

Cuando sucede, estamos contentos. Nos entregaremos, como consejo, a la pugna extraordinaria en pos de señeros fines, donde haya un código singularmente bueno, que mantendremos.

Busquemos las tardes plenas, la elucubradas, las sentidas como calurosas y frías al tiempo. Lo que vale es la compañía confortable, sin segundas intenciones, que ha de superar la soledad de los dos márgenes en pos de un término intermedio por un sendero de humedad, luces y flores.

Tengamos presente que la interacción nos lleva a la empatía, y ésta a la cesión y el entendimiento desde la confianza en lo que desarrollamos, que nos permitirá comprender las esencias de lo humano, de la Naturaleza, de cuanto llevamos en un interior que resplandecerá con esas miradas que glosarán todo. Hagamos el esfuerzo.

El lenguaje kinésico subraya lo esencial, y ese todo nos llevará, como premisa cotidiana, a las brumas de una lid que rememorará siglos compartidos. Todo tiene su papel: Hablamos del maestro, del discípulo, de la vida, con su público, con sus presiones, con sus pláticas y con sus objetivos. No faltarán los ángeles y los demonios. Un ganador, y otro… Y una transformación que nos identificará.

Poética
Meditemos. La hermosura de la tarde alberga tintes de pasión. En ella los seres se encuentran, y en la victoria y en la pérdida, en ese idioma que sabe a ausencias y valores sempiternos, cuaja la faena arrolladora de la poética. Fomentemos sus bases, que multiplicaremos por estupendas alturas.

Procuremos, en paralelo, que los exponentes de los estadios en los que nos vemos inmiscuidos nos lleven por sendas de caricias peculiares, sinceras, únicas. Hemos de poder en la noche y en el día desde la interpretación de lo que posee criterios de libertad y de autonomía para expandir y compartir como cimientos de presente y de futuro. Hay magníficos ejemplos con los que endulzarnos. Demos con ello, y aclaremos los enseres con los que podremos alcanzar la jovialidad que demandamos.

Cantar cada día es casi una obligación para avanzar en eras buenas y en otras nefastas. Nos tenemos, y en nosotros mismos está la tabla de salvación.

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