Ballenas al alcance de la mano (I)

Por Concha Moreno

Hace unos años hice un par de travesías por el Golfo de Vizcaya con la esperanza de divisar alguna ballena. Lo conseguí. Vi más de una… lejos, muy lejos y, principalmente, a través de los prismáticos.

Sin embargo, lo que se puede experimentar en la costa mexicana de Baja California sur es una experiencia que difícilmente puede olvidarse: ver y tocar una, o varias, ballenas. La emoción puede ser aún mayor si están acompañadas por sus crías. En esta ocasión, no necesité prismáticos: madres y ballenatos han jugado a mi lado, una y otra vez, y mis manos han recorrido sus lomos y cabezas. Me refiero a ejemplares de la ballena gris, un animal que ha causado admiración desde tiempos remotos. No me extraña en absoluto: son enormes, pero amigables. Parecen gigantes necesitados de mimos.

Pueden medir hasta 15 metros de largo y pesar 35 toneladas, pero, curiosamente, se alimenta de seres diminutos que habitan en el fondo del mar (se sumerge hasta los 100 metros), consumiéndolos en grandes cantidades. Se calcula que puede consumir hasta una tonelada diaria. Como otras ballenas “barbadas”, esta especie no tiene dientes, sino unas estructuras (barbas de unos 50 cm.) parecidas a grandes cepillos que actúan como filtro, a fin de dejar salir el agua y retener el alimento.

La piel de estos cetáceos es gris, moteada, por lo que a veces parece gris pizarra o casi blanco. La cabeza, relativamente pequeña respeto a su tamaño total, es curva y termina casi en pico. No posee aleta dorsal, en su lugar tiene una joroba baja. Sus aletas pectorales son pequeñas y en forma de paletas. Sobre su piel se distinguen perfectamente unos puntos amarillos, pero no le pertenecen, puesto que son pequeños crustáceos parásitos, algo común a todas las ballenas. Pero ésta especie los tiene en mayor variedad y cantidad, si bien no parecen afectara su salud, a decir de los especialistas, aunque sí se advierten cicatrices en la piel una vez que se desprenden.

La ballena gris es la única en su especie que siempre se mantiene cercana a la costa, a una distancia máxima de 20 kilómetros. Aunque alguna vez habitó el océano Atlántico, esa población se extinguió, y hoy en día vive solo en dos zonas: las costas de Asia (desde Rusia hasta China) y las que van desde Alaska hasta Baja California Sur. La población asiática es muy pequeña, alrededor de 100 ejemplares; en cambio, la americana ha conseguido recuperarse hasta llegar a unos 20.000 individuos.

Al cabo de un embarazo que dura entre 12 y 13 meses, las hembras paren a un solo ballenato, de unos 5 metros de largo y 750 kilos, que crecerá un metro al mes durante sus primeras 16 semanas de vida. Parece mucho, pero hay que tener en cuenta que toman hasta 150 litros diarios de una leche compuesta al 50 % por grasa que reciben de las madres. Lógicamente, la “leche” no es líquida, pues quedaría disuelta en el agua. Quien ha tenido la suerte de ver la leche, dice que es como un gran bloque de mantequilla.

Los balleneros “yanquis” llamaban a la ballena gris “devilfish” (algo así como “pez endemoniado”) porque era muy protectora de sus crías cuando se acercaban las embarcaciones, embistiéndolas frecuentemente, o incluso atacando, a los balleneros. Hoy en día, es más conocida no sólo por ser las más activa de las grandes ballenas, sino también una de las más curiosas y amistosas. Yo lo he comprobado.

En el próximo artículo contaré cómo proceden en las migraciones, cuáles son los lugares desde los que se puede disfrutar de ellas, cómo llegar…, y algunas de las “tropelías” que he observado, con consejos para evitar que estos gigantes acuáticos, realmente amistosos, insisto, sufran por nuestra indiferencia, egoísmo y desidia.

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