Ese fistro llamado Hitler
Por Joaquín del Río
Se cumplieron ayer setenta años del suicidio de Adolf
Hitler en su búnker de Berlín –de acuerdo con la versión oficial del
episodio, escrita por Iosef Stalin; así que lo más probable es que sea
falsa–; y la efemérides sería para olvidar, si no fuera porque este ridículo
austriaco causó más daño al mundo que ningún otro ser humano.
Y, encima, fue amigo y aliado de Francisco Franco,
que no hubiera gobernado España sin su ayuda; así que desde aquí debe tenérsele
más presente que desde otros países.
De modo que conviene saber de aquel cabo que fue una
piltrafa de hombre y un resentido, aunque dominó Alemania y el mundo gracias a
la destreza de sus generales (entre los que hay nombres legendarios, como Rommel
o Guderian), a la inteligencia de sus ingenieros (Messerschmith,
Von Braun...) y a la precisa organización de sus paisanos (adoptivos, en
realidad; puesto que él era austriaco, aunque a Alemania y Austria las unió el
'Anschluss').
Por no ser no era ni un hombre completo, ya que sólo tuvo
relaciones sexuales con menores (si las tuvo, lo que no se puede saber; porque
sería un delito). En cambio, sí consta que experimentó más de un orgasmo
dirigiéndose a las masas, en aquellos mítines que le organizaban Speer, Himmler,
Goering y Hess (¡vaya cuatro!; entre
ellos juntan todo lo peor que da de sí el ser humano).
Así que conviene aprovechar el aniversario para acercarse al
personaje y descubrir su ruindad en todo su esplendor. Lean ustedes la
magnífica biografía del británico Ian Kershaw o el libro 'Auge y caída
del Tercer Reich', de mi colega estadounidense William L. Shirer.
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