El niño del tirachinas

Por Javier Sánchez-Monge

Javier Sanchez Monge Escardo Tirachinas 550x367 El niño del tirachinas

Mientras una parte de la humanidad dedica su existencia a acaparar riquezas, prestigio social, poseer los últimos recursos de un mundo en estado de emergencia planetaria y a vivir en el perpetuo añoro y angustia por lo que aun no se ha llegado a tener, totalmente ajena a este tipo de existencia y durante unos años conoci a la gente que vivía en un basurero del Sudeste Asiatico.
Desde lo más hondo de mi alma, confieso que junto a ellos sentí consuelo. El consuelo de que nadie basara su identidad ni se sintiera más que los demás en base a sus posesiones, y asimismo también sentí un profundo agradecimiento; no solo por sus enseñanzas -la valiosa docencia que da la escasez-sino porque si la humanidad se hubiera conformado con vivir únicamente con lo necesario -tal y como hacían ellos- , tal vez hoy hubiera seguido subsistiendo aquella preciosa fauna y flora que una vez frecuentara nuestro planeta y nadie hubiera sabido que el Homo Sapiens -“el hombre que sabe”- podría ser capaz de causar un cambio climático.
El planeta no entiende de riquezas ni de clases sociales, pero sí sabe acusar la merma de sus recursos. Si unos pocos seres humanos tienen a bien concentrar la riqueza de toda la humanidad y los recursos naturales en sus manos, es inevitable que los millares restantes vivan en la más absoluta de las miserias. Mientras la mirada de tres tercios de la humanidad permanece en un estado de coma hipnótica contemplando alguna pantalla que refleja alguna realidad virtual; la realidad “real” del planeta se convulsiona, lanzando sus últimos estertores a modo de agonía anunciada e ignorada; no en vano nadie piensa que le podrá tocar vivir el dolor de sus estertores.
Y, a aquellos que lo ignoran, cabría preguntarles; ¿es este el planeta que pretenden dejar en herencia a sus hijos? Porque de ser cuerdos frente a la verdad, si cabría decir que ellos vivirán los últimos estertores del planeta que les entregamos después de haber esquilmado hasta el último de sus ríos con fines lucrativos o “para crear puestos de trabajo” también con los mismos fines.
Durante cuatro años de visitas a aquel basurero, fuí testigo de la vida de aquellas gentes y sobre todo de la de aquellos niños, cuya infancia retozaría entre montañas de basura, descalzos y cubiertos de harapos, a la zaga de trozos de metal, de plástico, o de cualquier otro material reciclable con el que poder ganar siquiera para unos gramos de arroz con que saciar su hambre.
Asimismo testimonié la felicidad de los recién nacidos, quienes con enorme admiracion yacían colgados a lomos de su madre bien sujetos por un trozo de tela y a quien consideraban todopoderosa mientras esta hurgaba sudorosa y enferma con su azada entre la basura, o también asistiría a las alegres exclamaciones de una adolescente, quien entre despojos había dado con un traje hecho jirones de esos que se ponían las mujeres elegantes que había visto en las mismas revistas que traían los camiones de basura, y que después de coserlo y lavarlo había venido a enseñarnos cómo le quedaba.
También contemplaría aquel triunfal descubrimiento de una pequeña que había encontrado una muñeca mientras se vaciaba un camión; corriendo se dirigió hacia un charco, la lavó con agua embarrada y recogiéndola entre sus brazos se sentó acunándola entre una pila de escombros, quedando ambas envueltas en el zumbante revoloteo de una nube de moscas.
Entre mis experiencias recuerdo una noche llena de mosquitos, en la que la gente tosía tras el plástico de sus chabolas debido a la quema de residuos y en que descubrí a un niño que, en cuclillas frente a un fuego, no paraba de alimentarlo con trozos de bolsas de plástico. Cuando le pregunté por qué lo hacía, me comentó muy somnoliento que mientras le quedara un trozo de plástico con que alimentar el fuego, los mosquitos no le continuarían picando, y así continuó, hasta quedarse dormitando junto al fuego.
En otra ocasión les vería tiritando bajo la lluvia, o ávidamente dar cuenta de la fruta podrida dejada por un camión durante la noche y que se habían apresurado a buscar con sus lámparas de pilas sujetas a la cabeza que usaban para trabajar cuando el sol les abandonaba tras el horizonte.
Para muchos niños del basurero, las montañas de residuos emulaban montañas de nieve, y tras escalarlas se tiraban hacia abajo regocijándose, o arrojándose entre ellos trozos basura; algunos incluso llegaban a construirse pequeñas cabañas en donde jugar. Su dieta consisitía casi exclusivamente en arroz salvo en la época de lluvias, en que marchando por unos arrozales cercanos podían cazar ranas o incluso alguna rata nadando, y consistia este en su único aporte protéico.
Aún hoy, no puedo creer que ya hayan pasado cuatro años desde que les conociera por primera vez, y que en la plenitud de una tormenta, me enseñaran a caminar atravesando la basura por los senderos que ellos mismos marcaban mediante palos y trapos para que no cayera en los traicioneros pozos formados por las lluvias del monzón y recubiertos de unos deshechos que les daban apariencia de suelo sólido.
Aun olfatea mi nariz el continuo olor a podredumbre que llegaba a impregnar nuestras ropas y al que todos nos acostumbrábamos, retumba en mis oídos el sempiterno zumbido de las moscas, las idas y venidas de los camiones o el incesante caer de las azadas de aquellas gentes hurgando entre los deshechos. Aún dentro de mi, quedaron grabadas como pisadas en el lodo las continuas toses de fumador de los niños que alli vivían y trabajaban, absolutamente ajenos a la alta toxicidad cancerigena del humo que continuamente y que desde su nacimiento habian permanecido inhalando durante toda su corta vida.
Y, si de algo de gran relevancia fuera testigo, lo fuera de aquella gran paradoja; la paradoja de que aún perteneciendo a la misma especie humana, unos nunca pudieran cesar en su afán y descontento por lograr mayores riquezas, y otros, contradictoria y despreciativamente degradados al más bajo escalafón social humano, pudieran vivir con alegría utilizando todo lo que sus hermanos arrojaban a sus cubos de la basura. Desde aquel entonces, aprendí lo que significaba la suerte de tener un plato de comida diario y acerca del absurdo frenesí con que continuamente se intenta fomentar el consumismo.
Un ser humano lo es y lo será siempre no por sus vestiduras, sus títulos o sus posesiones, sino por todo aquello que llevándolo oculto dentro de si, le otorga su valía como ser viviente y le pueden convertir en un rey incógnito aun en su más absoluta desnudez y desprovisto de posesiones o lacayos.
Fue en uno de los últimos días en que les vi, cuando me acerque a un joven que cazaba ratas con un tirachinas y le pregunte por qué siempre parecían estar felices: “No siempre estamos felices, pero muchas veces podemos encontrar alguna razón para estarlo” comentó con una carcajada contagiosa.
Aquel día recordé aquel refrán que dice “no es feliz quien más tiene sino el que menos necesita” y pude comprender que al no poseer absolutamente nada, cualquier posesión -aunque fuera la de aquel modesto tirachinas- había constituido en él un motivo de celebración.

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