La nueva religión explotadora

Por Andrés Sorel

He ahí sus rostros, escuchemos sus palabras. Rajoy, Guindos, Sáenz de Santamaría, Cospedal, Montoro, en un espejo (si el Ministro del Interior se asoma a él puede explotar): al fondo, diluidos, ya subyugados, pasivos, Zapatero, Sánchez, Centella, Toxo, Méndez.

Contemplando su imagen cada vez importa menos comprobar si son capaces de hablar, el significado de lo que dicen, ruido demasiado reiterado para que pueda atraernos. Solo les importa, a ellos, los medios, que callan, y los suyos, que los jalean.

El ser humano se ha convertido para quienes se sitúan más allá del espejo, los auténticos ocupantes del poder, no los asalariados a los que pagan para que ejecuten sus órdenes, solamente en mercancía. Y el conjunto de seres humanos conforman una base de datos para poder operar directamente sobre ellos. No hay pueblos, culturas, clases sociales: solamente un único sujeto al que poder explotar: alienado, él no comprende su utilización, su lenta pero paulatina desaparición como ser libre y pensante.

Ha surgido un nuevo catecismo tecnócrata en el desarrollo económico-religioso de nuestro tiempo. Sus mandamientos son: rendimiento, beneficios, operaciones bursátiles, cartera de pedidos, transacciones comerciales, optimización de resultados.

En el santuario del neoliberalismo, en sus iconos consumistas, desaparece el lenguaje escrito-hablado, se proscriben -el gran pecado- los pensamientos y acciones individuales. Todos los fieles son convocados a las nuevas formas de comunicación desideologizada: televisión, internet, teléfono móvil, iPad, Facebook, redes digitales, mensajes de breves signos que cada vez sustituyen más a las palabras.

Ya apenas existen seres libres. Solo cuerpos -importancia de la cultura física, los gimnasios, el deporte, los ejercicios al aire libre. enganchados a la producción industrial para mantenerse en forma y poder rendir lo que se les exige sin convertirse en materia de deshecho, agostada la conciencia de la diferencia, convencidos y comulgantes en que el mundo ha de ser así. En la sociedad neoliberal avanzada, Estados Unidos, Europa, solo cuentan los números “aprovechables”. El resto, aunque tengan figura humana, no son sino basura, seres improductivos, a los que es preciso desalojar de la historia, de la vida real, apartar del gran cerebro digital que opera sobre el resto: los números aprovechables.

Muertos vivientes, decían algunos films. No, peor: vivientes muertos. Al fin Milton Friedman y los suyos pueden sentirse orgullosos: sus esfuerzos por la nueva sociedad encuentran acomodo en esta búsqueda de la esclavitud, de la misma forma que los burócratas nazis se encontraban detrás de los campos de concentración.

No hay “judíos”, éstos han sabido integrarse muy bien en la organización. Solo palabras. Crisis es la preferida. Ella pone al borde del abismo a los congregantes a la gran misa neoliberal para que asuman voluntariamente que han de someterse a las condiciones económicas y políticas que les marca el gran hermano sin rostro, el que opera con números y balance de resultados.

Hora es de remitirnos a un libro tan pequeño como profundo, que recomiendo en esta era de los IPod, Facebook -no sé siquiera si se escribe así y si han quedado desfasados por nuevos inventos- y otras zarandajas destructoras. Se llama Psicopolítica y su autor es Byung-Chul Han.

Primera cita:

“Neolengua es la lengua ideal en el Estado vigilante de Orwell. Tiene que desplazar totalmente “la vieja lengua”. La Neolengua tiene como único fin estrechar el espacio del pensamiento. Cada año el número de palabras disminuye y el espacio de la conciencia se reduce… así se limita también el concepto de libertad. No la eliminación, sino el incremento de palabras, sería la característica de la sociedad de la información actual. El Smartphone sustituye a la cámara de tortura. La eficiencia de su vigilancia reside en su amabilidad. Comunicación y control coinciden totalmente”. Hablamos del culto a la cultura del trabajo -no maldición bíblica, sino necesidad de vida- que conduce a la esclavitud -toda la existencia humana se ordena en esa necesidad de trabajar- al precio y las condiciones que nos impongan, recordemos, estamos en crisis. Frente a la cultura del ocio, su necesidad como liberación. Todo se reduce a proclamas y estrategias simples: si hay menor número de parados resucita la Arcadia: aunque éstos queden encadenados a condiciones cada vez más leoninas y prolongadas hasta su muerte. La izquierda no lucha ya por las condiciones de vida y la necesaria amplitud para su mínimo disfrute del ocio y el tiempo libre, por la cultura de la libertad, sino por someterse a la esclavitud que los grandes poderes con sus más poderosas palabras les demandan si quieren recibir unas migajas que les permitan subsistir, que el precio a pagar por ello ya no cuenta, solo interesan las estadísticas que cocinan los mismos explotadores, de ellas desaparecen los seres humanos, sus condiciones de vida, sus búsquedas de un mayor bienestar: que crezca la productividad, se incremente la plusvalía de bancos y empresas, ese es el Dorado del neoliberalismo. Es esa izquierda que incluso pelea por ser más austera con los sueldos de los suyos, vigila los gastos de sus esclavos, les pide que coman, viajen, habiten en condiciones cada vez acordes con la frase repugnante que han asumido y les retrata para siempre: “apretarse el cinturón”.

Esa izquierda que acepta el envenenado caramelo -¡ah, Sánchez, Sánchez!, y perdón por lo de izquierda- de “controlar” lo que ganan los políticos, al fin vasallos como ellos, solo que de lujo, pero no pide transparencia, culpabilidad, cárcel y desde luego imposiciones leoninas para quienes se emplean en las empresas privadas, los Botines, Amancio Ortega, o los mil y un “héroes de las masas” que se sitúan al margen de esa crisis, los Fernando Alonso, Ronaldo, Messi, que superan la estela de los Rato, Pujol, Aznar, Felipe González y otros venerados padres de la patria, seglares o eclesiásticos.

Los terroristas de cuellos blanco u otras vestimentas hablan desde los púlpitos de los bancos o las iglesias, tocan campanas o se solazan en sus paraísos fiscales con sus vicios públicos no reseñados en quienes ensalzan sus públicas virtudes.

Transparencia: la falsedad de los datos y la información. Otra forma de “alienar” a los incautos o sobornados acólitos del sistema, los mismos que creen que la democracia no es una frase manejada por el poder del dinero y sus medios de comunicación. Los datos y las estadísticas conforman leyes de una neoreligión ideológica, el nuevo dominio sobre la conciencia y el pensamiento, forma al fin de un rejuvenecido y edulcorado nazismo.

Segunda cita del libro recomendado:
“Transparencia es la palabra clave de la Segunda Ilustración. El dataismo, que pretende superar toda ideología, es en si ismo ideología. Conduce al totalitarismo digital. por eso es necesario una Tercera Ilustración que revele que la Ilustración digital se convierte en esclavitud”. En próxima reflexión hablaremos de una nueva forma revolucionaria: el idiotismo.

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