Regreso a Auschwitz-Birkenau

Las memorias de Odette Elina y una novela de Miljenko Jergovic sobre la actriz Lea Deutsch recuerdan el horror de los campos de exterminio

Por Francisco Pastoriza

Si usted dispone de una hora de su ocio para la lectura le recomiendo 'Sin flores ni coronas', de Odette Elina, un libro publicado recientemente por la editorial Periférica. No le llevará más tiempo porque son poco más de cien páginas escritas con una buena letra, con grandes claros, acompañadas de algunos dibujos de la autora. No se arrepentirá, además, de haber abordado un texto que narra el horror y el espanto de los campos de concentración nazis de Auschwitz-Birkenau con un lenguaje tan lírico y sensual que parecen estar contados desde un sueño.

Judía y comunista
Odette Elina nació en París el 28 de septiembre de 1910, hija de un matrimonio judío de comerciantes sombrereros que se trasladó a la localidad de Fiac cuando Odette era aún una niña. En su juventud se formó como artista y se dedicó a la pintura, hasta que durante la Segunda Guerra Mundial los alemanes entraron en París y ocuparon parte de Francia con la colaboración del gobierno de Vichy. Odette Elina, militante del Partido Comunista Francés, se unió a la Resistencia y trabajó como enlace entre escritores como François Mauriac, Julian Benda, Clara Malraux y Louis Aragón (unos versos suyos encabezan estas páginas). En la Resistencia elaboró planos y mapas que sirvieron para destruir campos y fábricas nazis y sabotear sus comunicaciones.

Denunciada como judía y resistente, la Gestapo la detuvo el 20 de abril de 1944. Fue sometida a torturas y encerrada en un calabozo de la cancillería del Reich hasta su traslado a Drancy y su deportación posterior al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau a donde fueron llevados también sus padres y su hermano, quienes murieron allí.

Odette Elina había llegado a Auschwitz en un convoy en el que viajaban otras 1.500 mujeres. Sólo sobrevivieron 99. A su llegada fueron desnudadas, rapadas, apaleadas sin motivo y obligadas a vestirse con ropas que habían pertenecido a hombres asesinados en el campo; andrajos rotos y sucios que olían a las muchas miserias por las que habían pasado sus antiguos dueños. Tenían que ponerse también unos zapatos viejos, con agujeros y sin cordones, casi siempre desparejados; en ocasiones uno era de hombre y otro de mujer: “en el pie derecho un inmenso borceguí, cuya suela sólo se sostiene por el tacón; en el pie izquierdo un zueco deforme, que después de algunos pasos ha transformado mi pie en una llaga sangrienta”.

Elina describe lo que vio a su alrededor con una mirada asombrosamente serena. Mujeres delgadas, de carnes flácidas, con sus miembros descarnados bajo las mantas, deformadas, demacradas por el sufrimiento. Las prisioneras han de caminar diariamente 12 kilómetros por caminos enfangados por el lodo para llegar al lugar de trabajo. La tarea a la que se las somete, acarreando piedras durante horas, recuerda a la autora la esclavitud en la época del antiguo Egipto. No es la única alusión a la cultura. A lo largo del relato hay citas de Shakespeare y Baudelarie, alusiones a pinturas de El Greco y Masaccio. El regreso, después de un trabajo agotador, ha de hacerse a paso ligero, vigiladas por perros adiestrados. Cuando una de ellas muere, Odette entiende la actitud de las otras mujeres, precipitándose a disputarse su infeliz herencia de trapos y mendrugos. Sufre momentos de desesperación: “Llamo a la muerte porque tengo frío, porque el mundo nos olvida y más vale terminar pronto”. Pero había que mantener la esperanza, pensar que la liberación estaba próxima, que podría ser mañana mismo.

En los barracones del campo Odette Elina se ocupa del cuidado de niños enfermos, esqueletos tumbados sobre jergones mugrientos, escuálidos, vencidos por el hambre y la disentería, moribundos. Las víctimas más numerosas entre los niños eran los bebés, que muy pronto morían de hambre. Elina cuenta el día en que fueron obligadas a trasladar de Birkenau a Auschwitz cien carritos de bebés que habían sido quemados después de morir. Un espectáculo que se repetía cada día: grandes llamas que subían hacia el cielo desde las chimeneas: “Los crematorios estaban cargados hasta reventar de combustible humano”.

La pesadilla de Odette Elina no terminó hasta que en enero de 1945 los rusos liberaron Auschwitz. Antes había sido obligada, con otras compañeras, hambrientas y mal vestidas, a una desesperada evacuación a través de un campo de batalla sembrado de cadáveres, a treinta grados bajo cero. De todo aquello sólo conservó como un amuleto, los años que le quedaron de vida, un pañuelo descolorido que un día encontró por casualidad y escondió entre sus ropas para que no se lo arrebatasen. Estaba quemado por la ceniza de su primer cigarrillo después de la liberación. Odette Elina murió en mayo de 1991.

Cómo se engendra el odio
Ya casi nadie se acuerda de ella, pero Lea Deutsch fue, en la década de los años treinta del siglo XX, una de las actrices más populares del imperio austrohúngaro. En 1943, cuando tenía sólo 16 años, fue asesinada en Auschwitz, a donde había sido llevada con sus padres en un vagón para ganado de uno de los muchos trenes que llegaban diariamente al campo de exterminio. Su delito fue el de haber nacido en el seno de una familia judía y de vivir en los años en los que el nacionalsocialismo enloqueció a Croacia y convirtió a los judíos en las víctimas propiciatorias de todas las frustraciones históricas de esta comunidad.

La carrera de Lea Deutsch había comenzado cuando apenas tenía cinco años y el éxito de sus representaciones en el teatro la convirtió en la Shirley Temple croata.

Entre la realidad y la ficción
El escritor Miljenko Jergovic se ha inspirado en la historia de Lea Deutsch para su novela 'Ruta Tannenbaum' (Siruela), si bien la ficción ocupa aquí un lugar predominante frente a la historia real. La novela no es tanto un retrato de esta niña prodigio que terminó siendo la actriz más popular de la época, como una mirada histórica a la sociedad croata de aquellos años, y sobre todo una indagación en el alma de las personas que viven una situación en la que dan un giro a sus vidas y se convierten en verdugos de quienes hasta entonces habían sido sus pacíficos vecinos, sus mejores amigos o, como en el caso de 'Ruta Tannenbaum' (nombre con el que Jergovic identifica a Lea Deutsch), sus ídolos más admirados.

Salamon Tennenbaum, el padre de Ruta, es un judío sin convicciones religiosas ni de pertenencia a la comunidad, casado con Ivka Singer, hija de un comerciante de un barrio periférico de la ciudad de Zagreb (curiosamente, Miljenko Jergovic mantiene en la novela el nombre real de Ivka, mientras cambia el de su padre Stjepan Deutsch por el de Salamon). Es un hombre bueno que se apiada de la pena de sus vecinos católicos que han perdido a un hijo y, para que superen la situación, les ofrece que cuiden a Ruta. Gracias a esta iniciativa la niña va a descubrir el mundo del teatro, que cambiará su vida. Sin embargo ni Ruta ni sus padres reconocerán nunca este mérito de sus vecinos, lo que con los años irá haciendo crecer el odio entre ambas familias. Un odio que estallará cuando las circunstancias de la historia empujan a las personas a dar rienda suelta a tensiones reprimidas, rencores acumulados y humillaciones sufridas durante años, hayan sido reales, imaginadas o inventadas para la ocasión: “los judíos expiarán todos sus crímenes (…) porque su pan ázimo estaba amasado con la sangre de los niños croatas degollados (…) porque mediante sus bancos habían llevado a los hombres a la miseria, a los padres les habían quitado el pan de las manos y a las madres las habían incitado a saltar desde el tejado de un edificio con su hijo en los brazos”.

Escrita en un tono entre irónico, crítico y abiertamente satírico, cargado de humor, en 'Ruta Tannenbaum' Miljenko Jergovic analiza, en los años que va a decidir su futuro político, a una sociedad decadente, sometida durante siglos a una arbitraria tiranía imperial y a una represión religiosa muy influyente cuyos reverendos predicaban contra las óperas, el circo y el teatro, los sindicalistas, los comunistas, los hungarófilos y los austrófilos, los enemigos de la monarquía, los onanistas, las películas sonoras, los sombreros femeninos, los juguetes, los libros de entretenimiento, los gitanos, los judíos, los mahometanos y hasta contra los meteorólogos (“porque sólo Dios puede saber si al día siguiente lloverá”). La cultura judía está muy presente a lo largo de toda la narración, ya sea a través de las vidas y costumbres de los protagonistas de la novela o de la inserción de leyendas como las del rabino Julius Rosenzweig, la del comerciante Naftalí Josef Tannenbaum o la de Jeshma, el albañil de Jerusalén padre de siete hijas para quienes buscaba con desesperación, entre burlas, a los siete maridos que tenía que encontrar para elllas.

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